¿Por qué entender lo que te ocurre no siempre produce un cambio psicológico?

Existe cierta idea sobre el cambio psicológico que rara vez se cumple en la práctica: si una persona entiende suficientemente bien lo que le ocurre, tarde o temprano acabará cambiando.

La distancia entre saber y cambiar

A primera vista, esta idea parece lógica. Si comprendemos el origen de nuestros problemas, identificamos los patrones que nos hacen sufrir y somos conscientes de aquello que nos bloquea, lo razonable sería pensar que el siguiente paso consiste simplemente en actuar de manera diferente. Sin embargo, la experiencia clínica demuestra que el proceso de cambio psicológico es mucho más complejo.

En psicoterapia es habitual encontrar personas que poseen un elevado grado de autoconocimiento. Saben qué situaciones les generan ansiedad, identifican patrones emocionales que se repiten en sus relaciones y son capaces de explicar con bastante precisión cómo determinadas experiencias del pasado han influido en su forma de pensar, sentir y actuar. A pesar de ello, continúan experimentando las mismas dificultades una y otra vez.

Pueden reconocer que les cuesta poner límites, que priorizan constantemente las necesidades de los demás, que buscan aprobación de forma excesiva o que evitan determinados conflictos por miedo al rechazo. Lo saben. Lo explican. Incluso pueden analizarlo con detalle. Sin embargo, siguen sintiendo que no logran producir el cambio que desean.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué el autoconocimiento no siempre se traduce en transformación? ¿Por qué comprender nuestros problemas emocionales no garantiza que desaparezcan?

La respuesta tiene mucho que ver con la diferencia entre comprender algo intelectualmente y experimentar un verdadero insight psicológico.

Comprender un problema no es lo mismo que transformarlo

Uno de los errores más frecuentes al hablar de salud mental consiste en asumir que comprender un problema equivale a resolverlo.

Comprender implica poder explicar una situación. Es la capacidad de identificar causas, reconocer patrones y construir una narrativa coherente sobre lo que ocurre. Gracias al autoconocimiento, una persona puede llegar a entender perfectamente por qué actúa de determinada manera o por qué determinadas situaciones le generan malestar.

Sin embargo, el insight psicológico va más allá de la simple comprensión intelectual.
El insight no consiste únicamente en adquirir información nueva, sino en relacionarse de una forma diferente con algo que ya se sabía. Supone una transformación en la manera de percibir una experiencia, una emoción o un conflicto.

Por eso una persona puede llevar años afirmando que evita el conflicto, que le cuesta pedir ayuda o que necesita sentirse validada por los demás sin que ese conocimiento genere cambios significativos en su vida cotidiana.

La información está disponible. El problema no es la falta de conocimiento. Lo que todavía no ha cambiado es el significado profundo que esa experiencia tiene dentro de su organización psicológica. En muchas ocasiones, el cambio emocional comienza precisamente cuando algo que se entendía de forma racional empieza a sentirse de manera diferente.

El momento en que aparece el insight psicológico

El insight suele producirse cuando una explicación deja de ser únicamente correcta y empieza a tener consecuencias personales.

Por ejemplo, una persona puede llevar años describiéndose como alguien extremadamente independiente. Puede sentirse orgullosa de no necesitar ayuda y considerar esa autosuficiencia una característica positiva de su personalidad.

Sin embargo, durante el proceso terapéutico puede descubrir que esa independencia no siempre fue una elección consciente. Tal vez fue una estrategia desarrollada en un contexto donde depender de otros generaba decepción, inseguridad o dolor. En ese momento se produce un cambio importante.

Lo que antes parecía una característica estable de la personalidad empieza a entenderse como una adaptación. Lo que se percibía como una forma de ser comienza a verse también como una forma de protegerse.

Este tipo de descubrimientos suelen tener un impacto mucho mayor que una simple explicación racional porque modifican la forma en que la persona se relaciona consigo misma.

El insight psicológico aparece cuando dejamos de observar nuestros comportamientos únicamente como rasgos personales y comenzamos a comprender las funciones emocionales que han cumplido a lo largo de nuestra historia.

Los patrones emocionales suelen tener una función

Cuando hablamos de problemas emocionales, es habitual centrarnos exclusivamente en las consecuencias negativas que generan.

Sin embargo, muchas de las conductas que actualmente producen sufrimiento tuvieron en algún momento una función adaptativa.

Algunos ejemplos frecuentes son:

  • Adaptarse constantemente a las necesidades de los demás
  • Evitar conflictos incluso cuando algo resulta injusto
  • Ocultar emociones para no preocupar o incomodar
  • Responsabilizarse de problemas que no corresponden
  • Intentar hacerlo todo de forma perfecta
  • Priorizar siempre el bienestar ajeno sobre el propio

Estas conductas rara vez aparecen por casualidad. En muchos casos fueron estrategias que ayudaron a mantener relaciones importantes, reducir situaciones de amenaza emocional o conseguir aceptación dentro del entorno.

Por ejemplo, alguien que aprendió desde pequeño a no generar problemas puede haber descubierto que mostrar determinadas emociones provocaba rechazo o incomodidad en las personas de las que dependía. Como consecuencia, desarrolló una gran capacidad para adaptarse a los demás y ocultar sus propias necesidades. Durante años esa estrategia pudo resultar eficaz.

El problema surge cuando aquello que en el pasado ayudó a sobrevivir emocionalmente continúa funcionando de manera automática en el presente, incluso cuando ya no resulta necesario.

Cuando las estrategias de protección se convierten en identidad

Uno de los motivos por los que el cambio psicológico puede resultar tan difícil es que muchas estrategias terminan integrándose en la identidad personal.

Con el paso del tiempo dejamos de percibir ciertos comportamientos como adaptaciones y empezamos a considerarlos una parte esencial de quienes somos.

Algunas identidades psicológicas muy frecuentes son:

  • La persona que siempre cuida de los demás
  • La que nunca necesita ayuda
  • La que puede con todo
  • La que siempre está disponible
  • La que evita cualquier conflicto
  • La que se adapta constantemente
  • La que nunca decepciona a nadie
  • La que mantiene todo bajo control

Estos roles proporcionan una sensación de estabilidad y coherencia. Ayudan a responder preguntas fundamentales sobre quiénes somos y cuál es nuestro lugar dentro de las relaciones.

Por eso cambiar no implica únicamente modificar una conducta y, en muchas ocasiones, supone revisar creencias profundamente arraigadas sobre uno mismo.

Cuando una persona que siempre se ha definido como fuerte empieza a permitirse ser vulnerable, no solo está cambiando un comportamiento, sino que también está transformando una parte importante de su identidad, y eso puede generar miedo, incertidumbre y resistencia.

La resistencia al cambio no siempre significa falta de voluntad

La llamada resistencia al cambio es uno de los conceptos más malinterpretados dentro de la psicología.

Desde fuera puede parecer que una persona se aferra a aquello que le hace sufrir o que no tiene suficiente motivación para mejorar. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja, ya que muchas veces lo que se intenta modificar sigue proporcionando beneficios psicológicos importantes.

Por ejemplo:

  • Evitar conflictos puede generar una sensación temporal de seguridad
  • Buscar aprobación puede ofrecer reconocimiento y pertenencia
  • No pedir ayuda puede proteger frente a posibles decepciones
  • Mantener el control puede reducir la ansiedad y la incertidumbre

Lo que muchas veces se esconde detrás de la resistencia al cambio

  • Miedo a decepcionar a otras personas
  • Temor a perder vínculos importantes
  • Inseguridad ante una identidad diferente
  • Necesidad de mantener una sensación de control
  • Dificultad para tolerar la incertidumbre
  • Miedo a sentirse vulnerable

Cuando observamos la situación desde esta perspectiva, la resistencia deja de parecer irracional y empieza a entenderse como un intento de proteger algo valioso.

La persona quiere dejar atrás aquello que le hace sufrir, pero al mismo tiempo teme perder algo que durante años le ha proporcionado estabilidad emocional.

No existe un deseo consciente de seguir sufriendo. Lo que existe es el miedo a renunciar a mecanismos que han resultado importantes para mantener el equilibrio psicológico.

Comprender esta ambivalencia es fundamental tanto para quienes realizan terapia psicológica como para quienes acompañan a alguien en su proceso de cambio.

El papel de la psicoterapia en el cambio psicológico

Uno de los principales objetivos de la psicoterapia consiste en ayudar a comprender qué función siguen cumpliendo determinados patrones emocionales en el presente.

Desde esta perspectiva, los síntomas, los bloqueos y las repeticiones dejan de verse exclusivamente como problemas que deben eliminarse. También empiezan a entenderse como intentos de adaptación.

La pregunta deja de ser únicamente ¿cómo puedo dejar de hacer esto? para transformarse en algo más profundo:

¿Qué necesidad está intentando cubrir este comportamiento?

Cuando una persona comprende las funciones que cumplen sus estrategias emocionales, puede empezar a desarrollar alternativas más flexibles y ajustadas a su situación actual. Este proceso no suele producirse mediante consejos rápidos ni a través de simples decisiones de voluntad.

Requiere tiempo, reflexión, experiencia emocional y un espacio seguro donde explorar aspectos de uno mismo que muchas veces permanecen fuera de la conciencia habitual.
Por eso la terapia psicológica no se limita a proporcionar explicaciones, sino que también busca generar nuevas experiencias que permitan modificar formas de relación profundamente arraigadas.

Cómo se produce realmente el cambio emocional

La cultura popular suele representar el cambio como una gran revelación o una transformación repentina.

Sin embargo, la mayoría de los cambios psicológicos importantes ocurren de manera gradual.

Señales de que el cambio psicológico está comenzando

  • Expresar necesidades que antes se ocultaban
  • Poner límites donde antes predominaba la complacencia
  • Pedir ayuda sin sentir tanta culpa
  • Tolerar emociones difíciles sin evitarlas inmediatamente
  • Tomar decisiones menos condicionadas por el miedo
  • Relacionarse de forma más auténtica con los demás
  • Aceptar la propia vulnerabilidad

Aunque estos cambios puedan parecer pequeños desde fuera, suelen representar transformaciones muy significativas para quien los experimenta.

Cada nueva respuesta amplía el repertorio de posibilidades psicológicas. Cada decisión menos condicionada por el miedo, la culpa o la necesidad de aprobación representa una pequeña transformación. Y la suma de estas transformaciones es lo que acaba produciendo cambios profundos y duraderos.

Ideas clave para recordar

  1. Comprender un problema no siempre implica resolverlo
  2. El insight psicológico va más allá del conocimiento intelectual
  3. Muchos patrones emocionales fueron útiles en algún momento de la vida
  4. Las estrategias de protección pueden convertirse en parte de la identidad
  5. La resistencia al cambio suele estar relacionada con la necesidad de preservar seguridad o estabilidad
  6. La psicoterapia ayuda a comprender estas dinámicas y desarrollar nuevas formas de relacionarse con uno mismo
  7. El cambio psicológico suele producirse de manera gradual, no mediante transformaciones repentinas

Entre saber y cambiar existe un espacio fundamental

La psicoterapia no consiste únicamente en comprender por qué ocurre algo, también busca crear las condiciones necesarias para que determinadas experiencias puedan vivirse de una manera diferente.

El autoconocimiento es un punto de partida imprescindible. Comprender nuestros patrones emocionales, identificar el origen de ciertos conflictos y reconocer cómo hemos aprendido a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás constituye una parte fundamental del proceso.

Sin embargo, el conocimiento por sí solo rara vez basta. Entre saber algo sobre uno mismo y poder vivirlo de otra manera existe una distancia considerable.

Es precisamente en ese espacio donde ocurre gran parte del cambio psicológico.
Un espacio donde las explicaciones dejan de ser únicamente intelectuales, donde las estrategias automáticas empiezan a flexibilizarse y donde aparecen nuevas formas de relacionarse con las emociones, con los demás y con uno mismo.

En última instancia, el verdadero cambio no consiste solamente en entender quiénes somos. Consiste en ampliar nuestra capacidad para elegir cómo queremos vivir, incluso cuando durante mucho tiempo hemos sentido que no existían otras alternativas.

Y es precisamente ahí donde la psicoterapia puede convertirse en una herramienta valiosa para promover el bienestar emocional, favorecer el crecimiento personal y construir formas de vida más libres y coherentes con nuestras necesidades reales.

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Firmado por Gabriela Hernández Psicóloga clínica y psicoterapeuta

Tipos de comunicación: pasiva, asertiva y agresiva

La forma en que nos comunicamos influye directamente en nuestras relaciones personales y profesionales. A la hora de expresar opiniones, necesidades o emociones, solemos adoptar distintos estilos de comunicación que pueden facilitar el entendimiento o generar conflictos. Entre los más comunes se encuentran la comunicación pasiva, la asertiva y la agresiva, cada una con características y consecuencias diferentes que conviene conocer para mejorar nuestras interacciones diarias.

¿Qué tipos de comunicación existen?

Existen tres estilos comunicativos principales que solemos emplear en nuestras relaciones. Conocerlos y comprenderlos puede resultar de gran ayuda para mejorar nuestra forma de comunicarnos:

1. Comunicación pasiva

Tiende a colocarnos en una posición de sumisión. Nos cuesta expresar lo que realmente sentimos o necesitamos, evitamos el conflicto y tenemos dificultades para poner límites claros, lo que suele llevar a una complacencia excesiva. A largo plazo, este estilo comunicativo puede generar frustración, malestar y resentimiento hacia los demás.

2. Comunicación agresiva

Por el contrario, nos sitúa en una posición dominante. Nos expresamos de forma brusca, despectiva u hostil, utilizando reproches, acusaciones o un tono elevado. Aunque en un primer momento puede parecer eficaz, este estilo suele dañar los vínculos y poner en riesgo nuestras relaciones personales.

3. Comunicación asertiva

Nos permite colocarnos en un plano de igualdad con nuestro interlocutor. Implica ser capaces de expresar opiniones, sentimientos y necesidades de forma clara, honesta y respetuosa, teniendo en cuenta tanto nuestras propias necesidades como las del otro. De esta manera, el mensaje llega, la comunicación fluye y se minimiza la probabilidad de que alguna de las partes se sienta atacada, invalidada o menospreciada.

Comunicación asertiva verbal y no verbal

La comunicación asertiva no se transmite únicamente a través de las palabras, sino también a través de lo que denominamos lenguaje no verbal. Las siguentes señales juegan un papel fundamental en cómo el mensaje es recibido:

  • Tono de voz
  • Ritmo al hablar
  • Postura corporal
  • Contacto visual
  • Gestos

Una comunicación verbal clara, directa y respetuosa, acompañada de una comunicación no verbal coherente (postura abierta, tono firme pero calmado, expresión facial congruente), refuerza el mensaje y aumenta la probabilidad de que el otro lo escuche sin ponerse a la defensiva. Cuando existe incongruencia entre lo que decimos y cómo lo decimos, el mensaje pierde fuerza y puede generar confusión o malestar.

¿Se puede aprender, practicar y mejorar la asertividad?

Lo más importante, si te identificas con dificultades para emplear un estilo comunicativo adecuado, es saber que la asertividad es una habilidad social que se puede aprender. A través de la práctica consciente en el día a día, es posible ganar fluidez, seguridad y facilidad a la hora de expresarnos.

En muchas ocasiones, el entrenamiento en habilidades sociales y la mejora de la comunicación interpersonal se convierten en un eje central del proceso terapéutico, permitiendo relaciones más sanas, equilibradas y satisfactorias.

Veamos un ejemplo de comunicación asetiva

Por fin, tras semanas de interminables negociaciones entre las cuatro, hoy es el día en el que todas podéis sacar ese ratito entre trabajo y familia para disfrutar de una cenita entre amigas. Cada vez os cuesta más.

Hace una noche fría, a ratos llueve, y ahí estáis las de siempre, plantadas ante la puerta del restaurante: de pie, paraguas en mano, con el cansancio acumulado de todo el día… pero con toda la actitud.

Los minutos van pasando y, para variar, Carmen no llega. Os vais impacientando y empezáis a sentiros mal. Hay cosas que nunca cambian: parece que su tiempo vale más que el de las demás. Lucía y tú no paráis de mirar el reloj y de hacer comentarios entre vosotras, cargando el ambiente de una tensión que amenaza con explotar en cuanto Carmen aparezca girando la esquina con su sonrisa despreocupada.

Empieza a entristecerte y a preocuparte la idea de que la cena se vea empañada por vuestro malestar, pero tampoco quieres hacer como si nada. Te das cuenta de que te encuentras en situaciones como esta en innumerables ocasiones: cuando algo te molesta y no eres capaz de expresarlo sin ponerte demasiado agresiva; cuando te piden un favor que no te viene bien hacer, pero aun así aceptas de mala gana; cuando necesitas ayuda con algo, pero no eres capaz de pedirla por no molestar.

Mientras estás absorta en estos pensamientos, llega Carmen corriendo, alegre y sonriente:

“Chiiiiiicas, perdón, he salido tarde de clase de yoga, he pasado por casa a arreglarme y los niños…”

Su voz se pierde entre besos y abrazos mientras os saluda como si no pasara nada.

“Bueno, bueno… ¿y esas caras? ¡Cualquiera diría que no tenéis ganas de verme!”

En ese momento, cuando crees que todo va a explotar y que vais a montar un numerito en plena calle, un aura resplandeciente parece iluminar a Verónica. Con un gesto cariñoso pero firme, toma a Carmen de las manos y empieza a hablar:

“Querida, nos moríamos de ganas de verte. Nos ha costado mucho encontrar un día para reencontrarnos las cuatro, y todas hemos hecho un gran esfuerzo por sacar tiempo de donde no lo tenemos para disfrutar de este ratito.”

Dice con una sonrisa. Entonces su gesto se endurece ligeramente y sus manos se vuelven más firmes:

“Pero llevamos un buen rato esperándote y estamos cansadas y con frío. Así que, para la próxima reunión, esperamos que seas la primera en llegar… a menos que tengas una muy buena excusa.”

Añade con un guiño, dejando claro que no hay mala intención en sus palabras. Carmen reacciona enseguida y se disculpa:

“Llevas toda la razón. Ya sabéis que siempre me ha costado la puntualidad y, con los años, voy a peor. Lo siento muchísimo, chicas. La próxima vez lo tendré muy en cuenta. Y ahora, para compensaros, os invito a la primera ronda. ¿Entramos ya? Tengo muchas ganas de que me pongáis al día de vuestras cosas.”

Cuando os dais la vuelta para entrar al restaurante, te das cuenta de que Verónica lleva puesto un traje de superheroína con una capa en la que se puede leer: SÚPER-ASERTIVA.

¡Eso es! ¡La asertividad!

Foto de María Richart
Firmado por María Richart Psicóloga general sanitaria

¿Cómo mejorar mi autoestima?

Todos oímos hablar habitualmente de lo importante que es tener una buena autoestima para mejorar tanto la relación con nosotros mismos como con los demás. Pero ¿realmente qué es la autoestima y cómo podemos fortalecerla y mejorarla?

Mitos de la autoestima

Existen varios mitos en torno a la autoestima que pueden afectar negativamente a la percepción que tenemos de nosotros mismos. Uno de los más comunes es creer que tener buena autoestima significa que debemos caer bien a todo el mundo, cuando en realidad es imposible agradar siempre a todas las personas. También se suele confundir la autoestima con pensar únicamente en uno mismo, cuando tener una buena autoestima implica cuidarse sin dejar de considerar a los demás. Otro mito frecuente es aparentar que se puede con todo, asociando la fortaleza con no mostrar vulnerabilidad o pedir ayuda. Finalmente, existe la idea de que necesitamos gustar o recibir aprobación constante para sentirnos valiosos, cuando el verdadero valor personal no debería depender de la validación externa.

Pero, ¿qué es la autoestima?

La autoestima es la percepción que tenemos sobre nosotros mismos: la manera en que nos evaluamos y valoramos. Implica reconocer nuestros logros, capacidades y habilidades, pero también es el reconocimiento de nuestros defectos, así como de nuestra capacidad de confiar en nuestra capacidad de mejora si fuera posible. Se construye a partir de las experiencias, vivencias, pensamientos y emociones que acumulamos a lo largo de la vida, y que van configurando la imagen que tenemos sobre quiénes somos. 
 
Cuando decimos “yo puedo”, hablamos de sentirnos capaces de afrontar los desafíos que la vida nos presenta. Y cuando decimos “yo merezco”, nos referimos a la convicción de que tenemos derecho a vivir en paz y a ser felices. En este sentido, tener una buena autoestima o una autoestima saludable se traduce en ser alguien resiliente, en establecer relaciones más sanas, y tener una actitud de respeto hacia los demás que nace del respeto que tenemos hacia nosotros mismos/as. Por el contrario, una baja autoestima puede conducir al autosabotaje, a pensamientos limitantes, a la sensación de no merecer cosas positivas, e incluso a estados emocionales marcados por la ansiedad.

Antes de poder aprender a mejorar nuestra autoestima, es importante conocer las bases y los pilares que la sostienen: 

  • Autoconciencia: es la capacidad de reconocer que nos ocurre, qué queremos y qué no. Implica conectar con nuestro cuerpo y nuestras emociones para orientar nuestras acciones de forma coherente.
  • Autoconcepto: es la imagen que construimos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea.
  • Autoaceptación: consiste en valorarnos tal y como somos, incluso reconociendo aquellas partes que no nos gustan o deseamos mejorar.
  • Autorresponsabilidad: implica asumir la responsabilidad de aquello que depende de nosotros mismos, en lugar de delegarlo a factores externos.
  • Autoafirmación: es la capacidad de expresar y verbalizar lo que pensamos y sentimos de manera clara y respetuosa. Cuando no lo hacemos y callamos, pueden aparecer sensaciones de no merecimiento o falta de respeto; por ello es importante dar voz a nuestras emociones y necesidades.

Recuerda que la autoestima no se construye de golpe, es algo que vas cultivando día a día y con pequeños actos.

Tips prácticos para mejorar nuestra autoestima:

  • Todos nos evaluamos constantemente. La clave está en hacerlo de forma realista, positiva y constructiva, evitando comparaciones injustas y recordando que cada persona es única. Evita compararte constantemente. Cada persona tiene ritmos distintos. Medirte a los estándares de otros es perderte tu propio proceso. Un ejercicio que se puede poner en práctica es de vez en cuando escribir de que estas orgulloso de ti mismo, anotar tres cualidades o habilidades que tengas y hayas puesto en práctica en ese mismo día. Reconocer tus logros diarios refuerza la autoeficacia y ayuda a mantener el enfoque en aquello que sí puedes lograr.
  • Aprende a parar: cuando te detienes puedes escucharte mejor, poner nombre a lo que sientes y preguntarte qué necesitas en ese momento.
  • Hablarte con respeto. Sustituye el “soy” por “estoy”. No es lo mismo decir “soy una aburrida” que “estoy aburrida”. No es lo mismo decir “soy un desastre” que decirte “estoy aprendiendo”. Sin darte cuenta estas transformando la forma en la que te percibes. Así entendemos que muchas experiencias son pasajeras, pero no nos definen de forma permanente.
  • Detecta tu voz crítica interna que te machaca y empieza a transformarla. Háblate como lo harías con alguien a quien quieres: con respeto. Practica un lenguaje contigo mismo/a amoroso y compasivo. La forma en la que te hablas crea el tono con el que te relacionas contigo mismo/a. Revisa si tus pensamientos te impulsan y te animan o te castigan. Un ejercicio práctico puede ser el siguiente: tómate unos minutos al día para recordar una situación reciente en la que te sentiste “que no eras suficiente” o algo que no has podido lograr. Escribe o di en voz baja qué pensamientos pasaron por tu cabeza, sin juzgarte. Identifica estos pensamientos automáticos que te limitan. Nombrarlos es el primer paso a transformarlos.
  • Cambia el “no puedo” por “decido no hacerlo". Así recuperamos nuestra capacidad de elección.
  • Ante cada queja, intenta dar un pequeño paso hacia la acción
  • Diferencia aquello que depende de ti y aquello que no, y actúa sobre aquello que sí puedes cambiar.
  • Ponle STOP a los pensamientos negativos que identifiques sobre tu mismo/a.
    Márcate objetivos realistas donde el foco no sea la perfección, sino avanzar en lo que deseas y te propones: un “quiero + objetivo”.
  • Cumplir lo que prometes. Desde descansar cuando lo necesitas hasta terminar algo pequeño que te dijiste a ti mismo/a qué harías. No importa si es algo simple como levantarte a la hora que te dijiste o hidratarte más. Cumplir contigo genera confianza interna.
  • Practica el autocuidado sin sentir culpa. Comer bien, descansar o hacer pausas no son premios: son necesidades básicas.
  • Baja el piloto automático; dedica tiempo a realizar respiraciones, meditaciones o simplemente a tener momentos que te conecten contigo misma/o. Escuchar tu cuerpo cuando pide pausa es también una forma de mejorar tu autoestima. No siempre tienes que ir de prisa.
  • Aprende a ver los errores como forma de aprendizaje.  Acepta que equivocarte no te resta valor, no significa que seas menos, solo estas aprendiendo algo nuevo.
  • Reconoce tus avances, no solo tus errores. Celebrar lo que si haces bien construye seguridad interna. Antes de dormir, nombra tres cosas que hiciste bien, por pequeñas que parezcan. Esto entrena a tu mente para reconocer los progresos y no solo los fallos.
  • Atrévete a probar cosas nuevas.
  • Incorpora ejercicio físico como una forma de desconexión y bienestar.
  • Establece límites; date permiso para expresar lo que te parece bien y lo que no. Puedes empezar practicando contigo mismo y poco a poco.
  • Pásatelo bien, disfruta. Pon atención en aquellos momentos en los que estés disfrutando o pasando un momento agradable.
  • Acepta halagos sin rechazarlos. No minimices o sientas que las personas están equivocadas cuando dicen algo bueno sobre ti. Cuando alguien reconoce algo bueno en ti, practícalo: respira, sonríe y di “gracias”. No necesitas justificarlo ni restarle valor.
  • Reserva tiempo para el descanso y la desconexión.
  • Mantén contacto con aquellas personas que sean importantes para ti. Rodéate de personas que te hablen con cariño y no con juicio. Tu entorno también influye en como aprendes a verte.
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Firmado por Cristina Pérez Psicóloga general sanitaria

¿Cómo entender lo que sientes y saber qué hacer? porque no siempre es tan fácil

Hay una idea bastante extendida: que identificar lo que sientes es cuestión de pararte un momento y ponerle nombre. Como si fuera rápido. Como si fuera evidente. Pero no lo es.

¿Cómo saber lo que sientes en terapia?

En consulta, muchas personas llegan sabiendo que algo no está bien, pero sin poder concretar qué.  “Estoy mal”, “estoy rara”, “estoy nervioso”…  Y ahí se quedan. No es falta de introspección.  Es que lo que sentimos no siempre viene ordenado ni claro.

Cuando lo que sientes no encaja del todo hay momentos en los que lo que aparece no termina de cuadrar. Te notas irritable, pero no ha pasado nada “grave”. Estás cansada, pero descansar no te alivia. Te activas, te preocupas, no paras… pero no sabes muy bien por qué.

Ejemplo:
Llevas días contestando mal en casa, todo te molesta y podrías pensar: “estoy de mal humor”. Pero cuando paras un poco más, aparece otra cosa: sensación de no llegar a todo, presión acumulada, incluso algo de tristeza. La irritación no era el problema, era la forma en la que estaba saliendo algo que no tenía espacio.

Hay emociones que se tapan con otras emociones

No siempre sentimos primero lo que realmente está en juego. A veces lo que aparece es una capa más superficial, más manejable.

Ejemplo:
Te enfadas con alguien cercano por un detalle pequeño, discutes, te activas y te justificas. Pero, si rascas un poco, aparece otra cosa: te sentiste poco importante, poco tenido en cuenta.

El enfado protege algo más vulnerable y esto no es un error, es una forma de funcionar que, en muchos casos, hemos aprendido para poder sostener lo que duele más. El problema es que, si nos quedamos solo en esa primera capa, no entendemos realmente qué está pasando.

Pensarlo no siempre es suficiente

Otra trampa habitual: intentar entenderlo todo desde la cabeza. Le das vueltas, analizas, haces hipótesis… y aun así, algo no termina de encajar.

Ejemplo:
Sabes perfectamente que tu trabajo no es tan exigente como lo vives. Te repites que “no es para tanto”, pero tu cuerpo sigue en tensión, te cuesta desconectar, estás en alerta.
Aquí el problema no es de comprensión, es que lo que está activado no se resuelve solo pensándolo. Hay algo emocional que necesita ser reconocido, no solo explicado.

Identificar no es etiquetar

Decir “esto es ansiedad” o “esto es tristeza” puede ayudar, pero a veces se queda corto. Identificar de verdad implica afinar un poco más.

Ejemplo:
No es lo mismo decir: “estoy ansiosa” que poder reconocer “estoy inquieta porque siento que no controlo lo que viene” o “estoy tensa porque llevo días sin parar y no me doy espacio”. El matiz cambia todo porque no solo nombra la emoción, también empieza a señalar qué la está sosteniendo.

¿Qué pasa cuando no puedes identificar lo que sientes?

Cuando lo que te pasa no se entiende, suele ocurrir algo bastante predecible:

  • Todo se vive como un malestar general difícil de concretar
  • Cuesta saber qué necesitas
  • Aumentan las reacciones automáticas (evitar, discutir, sobrepensar, desconectarte)
  • Aparece sensación de pérdida de control

Ejemplo:
Notas ansiedad constantemente, pero no sabes de dónde viene. Intentas calmarte: distraerte, racionalizar, hacer más cosas. Funciona a ratos, pero vuelve, no porque estés haciendo algo mal, sino porque lo que sostiene esa ansiedad no está siendo escuchado.

Cuando algo no se entiende, se repite. No para fastidiar, sino porque todavía no ha encontrado otra forma de procesarse.

Qué hacer cuando lo que aparece es incómodo

Aquí suele aparecer otra dificultad: aunque empieces a identificar algo, no siempre es fácil sostenerlo. Porque hay emociones que incomodan: tristeza que no quieres mirar y miedo que te hace sentir vulnerable.

 Dependencia que choca con tu idea de autonomía

Enfado que no sabes cómo expresar sin hacer daño y entonces volvemos a lo de siempre: taparlo, racionalizarlo, minimizarlo. Pero entender lo que sientes no pasa solo por identificarlo, también implica poder quedarte un poco ahí sin salir corriendo.

Ejemplo:
Te das cuenta de que lo que sientes en una relación es inseguridad y la primera reacción puede ser taparlo (“no debería sentir esto”) o compensarlo (estar más pendiente, controlar más). Pero si puedes parar y sostenerlo un momento, aparece información valiosa: qué necesitas, qué temes, qué está en juego para ti. Ahí es donde empieza algo diferente.

Qué cambia cuando empiezas a entenderlo

Cuando lo que sientes empieza a tener sentido, aunque no esté del todo resuelto, algo se mueve, el malestar deja de ser tan difuso. Empiezas a ver de qué va.

Deja de ser “todo está mal” y eso tiene un efecto directo:

  • Puedes ajustar mejor lo que necesitas
  • Dejas de reaccionar automáticamente
  • Empiezas a elegir un poco más cómo responder

No es que desaparezca el malestar, pero deja de ser algo que te arrastra sin entender por qué.

¿Cómo empezar a acercarte a lo que sientes?

No va de hacerlo perfecto, va de ir afinando. Algunas formas de empezar:

  • Parar un momento: no para analizarte, sino para notar qué está pasando
  • Mirar el cuerpo: a veces antes que una emoción hay tensión, presión, cansancio
  • Hacerte preguntas más concretas: no solo “¿qué me pasa?”, sino “¿cuándo empezó esto?”, “¿en qué momentos aparece más?”
  • Ampliar el lenguaje: pasar de “mal” a algo un poco más preciso
  • Darte margen: no todo se entiende en el momento y no pasa nada

Entender lo que sientes no es inmediato

No siempre es claro ni siempre es cómodo, pero tampoco es algo accesorio. Porque cuando no entiendes lo que te pasa todo se mezcla y reaccionas sin saber muy bien a qué.
Y cuando empiezas a entenderlo, aunque sea poco a poco, aparece algo diferente: más claridad, más margen y más capacidad para hacer algo distinto con ello.

Foto de Elena Amat
Firmado por Elena Amat Psicóloga general sanitaria