¿Cómo mejorar mi autoestima?

Todos oímos hablar habitualmente de lo importante que es tener una buena autoestima para mejorar tanto la relación con nosotros mismos como con los demás. Pero ¿realmente qué es la autoestima y cómo podemos fortalecerla y mejorarla?

Mitos de la autoestima

Existen varios mitos en torno a la autoestima que pueden afectar negativamente a la percepción que tenemos de nosotros mismos. Uno de los más comunes es creer que tener buena autoestima significa que debemos caer bien a todo el mundo, cuando en realidad es imposible agradar siempre a todas las personas. También se suele confundir la autoestima con pensar únicamente en uno mismo, cuando tener una buena autoestima implica cuidarse sin dejar de considerar a los demás. Otro mito frecuente es aparentar que se puede con todo, asociando la fortaleza con no mostrar vulnerabilidad o pedir ayuda. Finalmente, existe la idea de que necesitamos gustar o recibir aprobación constante para sentirnos valiosos, cuando el verdadero valor personal no debería depender de la validación externa.

Pero, ¿qué es la autoestima?

La autoestima es la percepción que tenemos sobre nosotros mismos: la manera en que nos evaluamos y valoramos. Implica reconocer nuestros logros, capacidades y habilidades, pero también es el reconocimiento de nuestros defectos, así como de nuestra capacidad de confiar en nuestra capacidad de mejora si fuera posible. Se construye a partir de las experiencias, vivencias, pensamientos y emociones que acumulamos a lo largo de la vida, y que van configurando la imagen que tenemos sobre quiénes somos. 
 
Cuando decimos “yo puedo”, hablamos de sentirnos capaces de afrontar los desafíos que la vida nos presenta. Y cuando decimos “yo merezco”, nos referimos a la convicción de que tenemos derecho a vivir en paz y a ser felices. En este sentido, tener una buena autoestima o una autoestima saludable se traduce en ser alguien resiliente, en establecer relaciones más sanas, y tener una actitud de respeto hacia los demás que nace del respeto que tenemos hacia nosotros mismos/as. Por el contrario, una baja autoestima puede conducir al autosabotaje, a pensamientos limitantes, a la sensación de no merecer cosas positivas, e incluso a estados emocionales marcados por la ansiedad.

Antes de poder aprender a mejorar nuestra autoestima, es importante conocer las bases y los pilares que la sostienen: 

  • Autoconciencia: es la capacidad de reconocer que nos ocurre, qué queremos y qué no. Implica conectar con nuestro cuerpo y nuestras emociones para orientar nuestras acciones de forma coherente.
  • Autoconcepto: es la imagen que construimos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea.
  • Autoaceptación: consiste en valorarnos tal y como somos, incluso reconociendo aquellas partes que no nos gustan o deseamos mejorar.
  • Autorresponsabilidad: implica asumir la responsabilidad de aquello que depende de nosotros mismos, en lugar de delegarlo a factores externos.
  • Autoafirmación: es la capacidad de expresar y verbalizar lo que pensamos y sentimos de manera clara y respetuosa. Cuando no lo hacemos y callamos, pueden aparecer sensaciones de no merecimiento o falta de respeto; por ello es importante dar voz a nuestras emociones y necesidades.

Recuerda que la autoestima no se construye de golpe, es algo que vas cultivando día a día y con pequeños actos.

Tips prácticos para mejorar nuestra autoestima:

  • Todos nos evaluamos constantemente. La clave está en hacerlo de forma realista, positiva y constructiva, evitando comparaciones injustas y recordando que cada persona es única. Evita compararte constantemente. Cada persona tiene ritmos distintos. Medirte a los estándares de otros es perderte tu propio proceso. Un ejercicio que se puede poner en práctica es de vez en cuando escribir de que estas orgulloso de ti mismo, anotar tres cualidades o habilidades que tengas y hayas puesto en práctica en ese mismo día. Reconocer tus logros diarios refuerza la autoeficacia y ayuda a mantener el enfoque en aquello que sí puedes lograr.
  • Aprende a parar: cuando te detienes puedes escucharte mejor, poner nombre a lo que sientes y preguntarte qué necesitas en ese momento.
  • Hablarte con respeto. Sustituye el “soy” por “estoy”. No es lo mismo decir “soy una aburrida” que “estoy aburrida”. No es lo mismo decir “soy un desastre” que decirte “estoy aprendiendo”. Sin darte cuenta estas transformando la forma en la que te percibes. Así entendemos que muchas experiencias son pasajeras, pero no nos definen de forma permanente.
  • Detecta tu voz crítica interna que te machaca y empieza a transformarla. Háblate como lo harías con alguien a quien quieres: con respeto. Practica un lenguaje contigo mismo/a amoroso y compasivo. La forma en la que te hablas crea el tono con el que te relacionas contigo mismo/a. Revisa si tus pensamientos te impulsan y te animan o te castigan. Un ejercicio práctico puede ser el siguiente: tómate unos minutos al día para recordar una situación reciente en la que te sentiste “que no eras suficiente” o algo que no has podido lograr. Escribe o di en voz baja qué pensamientos pasaron por tu cabeza, sin juzgarte. Identifica estos pensamientos automáticos que te limitan. Nombrarlos es el primer paso a transformarlos.
  • Cambia el “no puedo” por “decido no hacerlo". Así recuperamos nuestra capacidad de elección.
  • Ante cada queja, intenta dar un pequeño paso hacia la acción
  • Diferencia aquello que depende de ti y aquello que no, y actúa sobre aquello que sí puedes cambiar.
  • Ponle STOP a los pensamientos negativos que identifiques sobre tu mismo/a.
    Márcate objetivos realistas donde el foco no sea la perfección, sino avanzar en lo que deseas y te propones: un “quiero + objetivo”.
  • Cumplir lo que prometes. Desde descansar cuando lo necesitas hasta terminar algo pequeño que te dijiste a ti mismo/a qué harías. No importa si es algo simple como levantarte a la hora que te dijiste o hidratarte más. Cumplir contigo genera confianza interna.
  • Practica el autocuidado sin sentir culpa. Comer bien, descansar o hacer pausas no son premios: son necesidades básicas.
  • Baja el piloto automático; dedica tiempo a realizar respiraciones, meditaciones o simplemente a tener momentos que te conecten contigo misma/o. Escuchar tu cuerpo cuando pide pausa es también una forma de mejorar tu autoestima. No siempre tienes que ir de prisa.
  • Aprende a ver los errores como forma de aprendizaje.  Acepta que equivocarte no te resta valor, no significa que seas menos, solo estas aprendiendo algo nuevo.
  • Reconoce tus avances, no solo tus errores. Celebrar lo que si haces bien construye seguridad interna. Antes de dormir, nombra tres cosas que hiciste bien, por pequeñas que parezcan. Esto entrena a tu mente para reconocer los progresos y no solo los fallos.
  • Atrévete a probar cosas nuevas.
  • Incorpora ejercicio físico como una forma de desconexión y bienestar.
  • Establece límites; date permiso para expresar lo que te parece bien y lo que no. Puedes empezar practicando contigo mismo y poco a poco.
  • Pásatelo bien, disfruta. Pon atención en aquellos momentos en los que estés disfrutando o pasando un momento agradable.
  • Acepta halagos sin rechazarlos. No minimices o sientas que las personas están equivocadas cuando dicen algo bueno sobre ti. Cuando alguien reconoce algo bueno en ti, practícalo: respira, sonríe y di “gracias”. No necesitas justificarlo ni restarle valor.
  • Reserva tiempo para el descanso y la desconexión.
  • Mantén contacto con aquellas personas que sean importantes para ti. Rodéate de personas que te hablen con cariño y no con juicio. Tu entorno también influye en como aprendes a verte.
Foto de Cristina Pérez
Firmado por Cristina Pérez Psicóloga general sanitaria

¿Cómo entender lo que sientes y saber qué hacer? porque no siempre es tan fácil

Hay una idea bastante extendida: que identificar lo que sientes es cuestión de pararte un momento y ponerle nombre. Como si fuera rápido. Como si fuera evidente. Pero no lo es.

¿Cómo saber lo que sientes en terapia?

En consulta, muchas personas llegan sabiendo que algo no está bien, pero sin poder concretar qué.  “Estoy mal”, “estoy rara”, “estoy nervioso”…  Y ahí se quedan. No es falta de introspección.  Es que lo que sentimos no siempre viene ordenado ni claro.

Cuando lo que sientes no encaja del todo hay momentos en los que lo que aparece no termina de cuadrar. Te notas irritable, pero no ha pasado nada “grave”. Estás cansada, pero descansar no te alivia. Te activas, te preocupas, no paras… pero no sabes muy bien por qué.

Ejemplo:
Llevas días contestando mal en casa, todo te molesta y podrías pensar: “estoy de mal humor”. Pero cuando paras un poco más, aparece otra cosa: sensación de no llegar a todo, presión acumulada, incluso algo de tristeza. La irritación no era el problema, era la forma en la que estaba saliendo algo que no tenía espacio.

Hay emociones que se tapan con otras emociones

No siempre sentimos primero lo que realmente está en juego. A veces lo que aparece es una capa más superficial, más manejable.

Ejemplo:
Te enfadas con alguien cercano por un detalle pequeño, discutes, te activas y te justificas. Pero, si rascas un poco, aparece otra cosa: te sentiste poco importante, poco tenido en cuenta.

El enfado protege algo más vulnerable y esto no es un error, es una forma de funcionar que, en muchos casos, hemos aprendido para poder sostener lo que duele más. El problema es que, si nos quedamos solo en esa primera capa, no entendemos realmente qué está pasando.

Pensarlo no siempre es suficiente

Otra trampa habitual: intentar entenderlo todo desde la cabeza. Le das vueltas, analizas, haces hipótesis… y aun así, algo no termina de encajar.

Ejemplo:
Sabes perfectamente que tu trabajo no es tan exigente como lo vives. Te repites que “no es para tanto”, pero tu cuerpo sigue en tensión, te cuesta desconectar, estás en alerta.
Aquí el problema no es de comprensión, es que lo que está activado no se resuelve solo pensándolo. Hay algo emocional que necesita ser reconocido, no solo explicado.

Identificar no es etiquetar

Decir “esto es ansiedad” o “esto es tristeza” puede ayudar, pero a veces se queda corto. Identificar de verdad implica afinar un poco más.

Ejemplo:
No es lo mismo decir: “estoy ansiosa” que poder reconocer “estoy inquieta porque siento que no controlo lo que viene” o “estoy tensa porque llevo días sin parar y no me doy espacio”. El matiz cambia todo porque no solo nombra la emoción, también empieza a señalar qué la está sosteniendo.

¿Qué pasa cuando no puedes identificar lo que sientes?

Cuando lo que te pasa no se entiende, suele ocurrir algo bastante predecible:

  • Todo se vive como un malestar general difícil de concretar
  • Cuesta saber qué necesitas
  • Aumentan las reacciones automáticas (evitar, discutir, sobrepensar, desconectarte)
  • Aparece sensación de pérdida de control

Ejemplo:
Notas ansiedad constantemente, pero no sabes de dónde viene. Intentas calmarte: distraerte, racionalizar, hacer más cosas. Funciona a ratos, pero vuelve, no porque estés haciendo algo mal, sino porque lo que sostiene esa ansiedad no está siendo escuchado.

Cuando algo no se entiende, se repite. No para fastidiar, sino porque todavía no ha encontrado otra forma de procesarse.

Qué hacer cuando lo que aparece es incómodo

Aquí suele aparecer otra dificultad: aunque empieces a identificar algo, no siempre es fácil sostenerlo. Porque hay emociones que incomodan: tristeza que no quieres mirar y miedo que te hace sentir vulnerable.

 Dependencia que choca con tu idea de autonomía

Enfado que no sabes cómo expresar sin hacer daño y entonces volvemos a lo de siempre: taparlo, racionalizarlo, minimizarlo. Pero entender lo que sientes no pasa solo por identificarlo, también implica poder quedarte un poco ahí sin salir corriendo.

Ejemplo:
Te das cuenta de que lo que sientes en una relación es inseguridad y la primera reacción puede ser taparlo (“no debería sentir esto”) o compensarlo (estar más pendiente, controlar más). Pero si puedes parar y sostenerlo un momento, aparece información valiosa: qué necesitas, qué temes, qué está en juego para ti. Ahí es donde empieza algo diferente.

Qué cambia cuando empiezas a entenderlo

Cuando lo que sientes empieza a tener sentido, aunque no esté del todo resuelto, algo se mueve, el malestar deja de ser tan difuso. Empiezas a ver de qué va.

Deja de ser “todo está mal” y eso tiene un efecto directo:

  • Puedes ajustar mejor lo que necesitas
  • Dejas de reaccionar automáticamente
  • Empiezas a elegir un poco más cómo responder

No es que desaparezca el malestar, pero deja de ser algo que te arrastra sin entender por qué.

¿Cómo empezar a acercarte a lo que sientes?

No va de hacerlo perfecto, va de ir afinando. Algunas formas de empezar:

  • Parar un momento: no para analizarte, sino para notar qué está pasando
  • Mirar el cuerpo: a veces antes que una emoción hay tensión, presión, cansancio
  • Hacerte preguntas más concretas: no solo “¿qué me pasa?”, sino “¿cuándo empezó esto?”, “¿en qué momentos aparece más?”
  • Ampliar el lenguaje: pasar de “mal” a algo un poco más preciso
  • Darte margen: no todo se entiende en el momento y no pasa nada

Entender lo que sientes no es inmediato

No siempre es claro ni siempre es cómodo, pero tampoco es algo accesorio. Porque cuando no entiendes lo que te pasa todo se mezcla y reaccionas sin saber muy bien a qué.
Y cuando empiezas a entenderlo, aunque sea poco a poco, aparece algo diferente: más claridad, más margen y más capacidad para hacer algo distinto con ello.

Foto de Elena Amat
Firmado por Elena Amat Psicóloga general sanitaria