Salud mental en personas mayores: señales y cómo cuidarla

Cuando pensamos en la tercera edad, la mirada se dirige casi siempre hacia lo físico: las revisiones médicas, la medicación, la movilidad o el bastón que quizá empieza a ser necesario. Sin embargo, hay una parte fundamental de la salud que suele quedar en segundo plano: la salud mental en las personas mayores de 65 años.

Envejecer no significa dejar de sentir, de preocuparse, de tener miedos o de necesitar apoyo. La vida emocional sigue estando presente, aunque muchas veces quede escondida detrás de una frase que escuchamos con demasiada frecuencia: "son cosas de la edad".

No todo lo que ocurre en la vejez debe normalizarse

Estar más triste, perder la ilusión, dejar de hacer actividades que antes se disfrutaban, sentir ansiedad o experimentar una profunda soledad no son consecuencias inevitables de cumplir años. Son señales que merecen ser escuchadas y atendidas.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud subraya que los problemas de salud mental en la vejez siguen estando infradiagnosticados precisamente porque se confunden con el propio proceso de envejecer. Distinguir entre los cambios propios de la edad y un malestar emocional que necesita atención es el primer paso para poder actuar a tiempo. Y ese paso, muchas veces, empieza en casa: en cómo miramos, escuchamos y preguntamos a nuestros mayores.

El sufrimiento emocional en la vejez también existe

Muchas personas mayores han aprendido a lo largo de su vida a cuidar de los demás, a sostener a la familia y a seguir adelante incluso en los momentos más complicados. Por eso no siempre resulta fácil reconocer que ahora son ellas quienes necesitan ayuda.

A veces aparece el pensamiento de "no quiero preocupar a mis hijos", "ellos ya tienen bastante con sus vidas" o "a estas alturas no merece la pena". Y, poco a poco, algunas personas terminan cargando en silencio con emociones como la tristeza, la ansiedad o la sensación de vacío.

Pero poner nombre a lo que ocurre no es una señal de debilidad. Al contrario: es el primer paso para poder cuidarse. Detrás de muchas personas mayores que parecen haberse apagado hay historias de pérdidas, cambios, renuncias y adaptaciones que quizá nunca han podido expresar.

Jubilación y salud mental: un cambio que va mucho más allá de dejar de trabajar

La jubilación es uno de los grandes puntos de inflexión de la vida adulta. Para algunas personas supone una etapa esperada de descanso, libertad y disfrute: una oportunidad para recuperar tiempo, retomar actividades pendientes y vivir con otro ritmo.

Sin embargo, para otras puede convertirse en un momento de gran desconcierto. Durante años, el trabajo no solo aporta un salario: también proporciona una rutina, relaciones sociales, objetivos, reconocimiento y una sensación de utilidad. Cuando todo eso desaparece de golpe, puede aparecer una pregunta difícil: "¿y ahora qué hago con todo este tiempo?".

No es extraño que algunas personas sientan que han perdido una parte de su identidad o que les cueste encontrar una nueva brújula. Adaptarse a esta etapa requiere construir otros espacios donde sentirse valioso, conectado y con propósito: voluntariado, formación, aficiones aparcadas durante décadas, cuidado de nietos con límites sanos o proyectos personales que nunca hubo tiempo de empezar. Porque una persona no deja de ser necesaria cuando deja de trabajar.

Soledad en personas mayores: estar solo no siempre significa sentirse solo

Existe una diferencia importante entre la soledad objetiva y la soledad emocional. Hay personas que viven solas y tienen una vida plena, con intereses, amistades y proyectos. Del mismo modo, tener hijos, nietos o una amplia red familiar no garantiza sentirse acompañado.

La soledad no siempre tiene que ver con la cantidad de personas que hay alrededor, sino con la calidad de los vínculos y con la sensación de sentirse visto, escuchado y tenido en cuenta. A veces, el vacío más difícil de explicar aparece precisamente cuando, desde fuera, parece que "no falta nada".
Los datos confirman que no se trata de un problema menor. Según el Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada (SoledadES), impulsado por Fundación ONCE, la soledad no deseada crece a partir de los 65 años: afecta al 14,5 % de las personas de entre 65 y 74 años y sube hasta el 20 % entre quienes tienen 75 o más. Ese aislamiento sostenido, especialmente en edades avanzadas, se asocia a un mayor riesgo de depresión, ansiedad y problemas cardiovasculares.

Por eso conviene abordarla pronto, sin esperar a que "se pase sola". La soledad no deseada también se relaciona con un peor descanso, menor actividad física y un aislamiento que se retroalimenta a sí mismo.

Duelo y pérdidas: por qué pesan más con el paso de los años

A medida que envejecemos es habitual enfrentarse a más experiencias de pérdida: la muerte de seres queridos, cambios en las relaciones, la pérdida de capacidades físicas, de independencia o de la forma de vida que se tenía anteriormente.

En ocasiones se da por hecho que, por haber vivido más años, una persona está preparada para afrontar cualquier pérdida. Pero acumular experiencias difíciles no hace que duelan menos: cada pérdida necesita su propio proceso de adaptación.

El problema aparece cuando esas pérdidas se van sumando sin un espacio donde poder hablar de ellas, expresar la tristeza o pedir apoyo. Un duelo que no encuentra salida puede alargarse en el tiempo y derivar en un malestar más profundo, algo que la Revista Española de Salud Pública sitúa hoy como un reto de primer orden para la salud pública y los cuidados familiares.

Depresión en personas mayores: síntomas que no siempre reconocemos

Cuando pensamos en depresión, muchas veces imaginamos a alguien llorando continuamente o mostrando una tristeza evidente. Sin embargo, en las personas mayores puede presentarse de formas mucho más silenciosas.

Señales de alerta más frecuentes de depresión en personas mayores

  • Cansancio constante y falta de energía.
  • Pérdida de interés por actividades que antes resultaban agradables.
  • Problemas de sueño: insomnio o exceso de horas en la cama.
  • Cambios en el apetito o en el peso.
  • Dolores físicos recurrentes sin una causa médica clara.
  • Irritabilidad o cambios de carácter.
  • Aislamiento y rechazo de planes.
  • Quejas de memoria y dificultades de concentración.
  • Sensación de que "ya nada merece la pena".

Estas señales pueden confundirse con el envejecimiento normal, pero no siempre forman parte de él. La depresión es un problema de salud que puede tratarse a cualquier edad, y hacerlo mejora de forma directa la calidad de vida. Así lo recoge también el informe sobre salud mental en personas mayores recopilado por la Confederación Salud Mental España, que señala la ansiedad, la depresión y el riesgo de suicidio entre los principales desafíos de este grupo de edad.

Ansiedad en personas mayores: la otra gran olvidada

Junto a la depresión, la ansiedad es uno de los malestares más frecuentes y menos identificados en esta etapa. Puede manifestarse como preocupación constante por la salud, miedo a caerse, dificultad para salir de casa, inquietud, tensión muscular o necesidad de comprobar las cosas una y otra vez. Muchas veces se atribuye al carácter o a "manías", cuando en realidad es un malestar que responde muy bien al tratamiento psicológico.

El papel de la familia: acompañar sin minimizar

La familia tiene un papel decisivo en la detección y el acompañamiento del malestar emocional en las personas mayores. Sin embargo, con la mejor intención, a veces se transmiten mensajes que terminan invisibilizando el sufrimiento.

Frases como "es normal, ya es mayor", "a nuestra edad todos estamos así" o "es lógico que no quiera salir" pueden hacer que una persona deje de sentirse escuchada y deje de contar lo que le pasa.

¿Qué ayuda y qué conviene evitar?

  1. Ayudar y preguntar de forma abierta: ("¿cómo te has sentido estos días?"), escuchar sin prisa, dar espacio a la tristeza sin intentar taparla enseguida, proponer planes sencillos y realistas y acompañar en la primera consulta si hay miedo o vergüenza.
  2. Evitar los consejos rápidos: el "anímate", las comparaciones y decidir por la persona sin contar con ella.
  3. Validar no significa resignarse: comprender que alguien está pasando por una etapa difícil no implica asumir que tiene que vivir así. Escuchar, preguntar, acompañar y animar a buscar ayuda cuando sea necesario puede marcar una gran diferencia.

A veces la persona mayor no necesita que le solucionemos la vida: necesita sentir que sigue importando, que sus emociones tienen espacio y que todavía merece bienestar.

Cómo cuidar la salud mental a partir de los 65 años

Existen hábitos que protegen el bienestar emocional y que están al alcance de la mayoría de las personas:

  1. Mantener rutinas. Horarios estables de sueño, comidas y actividad dan estructura al día.
  2. Cuidar el cuerpo. El movimiento diario, aunque sea un paseo, influye directamente en el ánimo.
  3. Conservar y crear vínculos. Llamadas, asociaciones, centros de mayores, grupos de barrio o actividades intergeneracionales.
  4. Seguir aprendiendo. Leer, escribir, formarse o aprender a manejar el móvil estimula la mente y refuerza la autonomía.
  5. Tener un propósito. Un proyecto, una responsabilidad o una afición que dé sentido a la semana.
  6. Hablar de lo que se siente. Con la familia, con amistades o con un profesional.
  7. Revisar la medicación y la salud física. Algunos síntomas emocionales tienen también una causa médica que conviene descartar.

Ninguno de estos hábitos sustituye a la ayuda profesional cuando hace falta, pero todos ayudan a construir una base más sólida.

Cuidar la salud mental también es envejecer bien

Cumplir años implica cambios, pero no significa renunciar a la capacidad de disfrutar, aprender, relacionarse o encontrar nuevos motivos para levantarse cada mañana.

La salud mental en la vejez merece la misma atención que la salud física. Pedir ayuda psicológica no significa que una persona no pueda con su vida, sino que reconoce que quiere vivirla con más bienestar.

Porque envejecer no debería ser únicamente sumar años. También debería ser poder seguir encontrando sentido, conexión y calidad de vida dentro de esos años.

Preguntas frecuentes sobre la salud mental en mayores de 65 años

¿Es normal estar triste al envejecer?

Sentir tristeza puntual ante pérdidas o cambios es esperable. Lo que no es normal es que esa tristeza se mantenga durante semanas, impida disfrutar y afecte al sueño, al apetito o a las relaciones.

¿Cómo diferenciar depresión y deterioro cognitivo en una persona mayor?

Ambos pueden cursar con fallos de memoria, apatía y lentitud. La valoración de un profesional es imprescindible, porque una depresión no tratada puede parecer un deterioro cognitivo y, además, ambos cuadros pueden coexistir.

¿La terapia psicológica funciona a partir de los 65 años?

Sí. La edad no limita la capacidad de mejorar. Los tratamientos psicológicos son eficaces también en esta etapa y pueden adaptarse al ritmo, la movilidad y las necesidades de cada persona.

¿Qué puedo hacer si mi madre o mi padre se niega a pedir ayuda?

Insistir sin presionar, normalizar la consulta psicológica, ofrecerse a acompañar y empezar por el médico de familia suele facilitar mucho el proceso.

Cuándo conviene consultar con un psicólogo

Conviene pedir ayuda cuando el malestar se mantiene en el tiempo, interfiere en la vida diaria, provoca aislamiento o va acompañado de una pérdida clara de ganas de disfrutar del día a día. No hace falta esperar a estar "muy mal": cuanto antes se interviene, más sencillo resulta recuperar el bienestar.

Psicóloga Angela Perona del centro Iterias Paseo la Castellana (Madrid)
Firmado por Ángela Perona Psicóloga general sanitaria

¿Cómo transitar el duelo?

“La tarea del duelo no consiste en olvidar a la persona fallecida, sino en encontrar un lugar para ella en la propia vida y seguir viviendo” - William Worden

¿Qué es el duelo?

Perder a una persona importante es una de las experiencias más dolorosas que podemos vivir. Cuando alguien a quien queremos fallece, no solo desaparece su presencia física. También desaparecen las conversaciones cotidianas, los planes compartidos, las rutinas, los abrazos, los proyectos de futuro y la sensación de seguridad que esa persona nos proporcionaba.

En cierto modo, también sentimos que perdemos una parte de nosotros mismos, aquella que se construyó y existió en relación con esa persona.
El duelo es la respuesta natural que aparece ante una pérdida significativa. No es una enfermedad, ni un signo de debilidad, ni un problema psicológico que haya que eliminar. Es un proceso psicológico, emocional y físico que nos ayuda, poco a poco, a adaptarnos a una realidad diferente.

Aunque resulte doloroso, el duelo cumple una función importante: permitirnos integrar la pérdida y reconstruir nuestra vida sin olvidar a quien ya no está.

¿Por qué duele tanto perder a un ser querido?

El dolor del duelo está relacionado con el vínculo afectivo que habíamos construido con esa persona. Cuanto más importante era su presencia en nuestra vida, mayor suele ser el impacto emocional de su ausencia.

Las personas significativas forman parte de nuestra identidad. Compartimos con ellas recuerdos, hábitos, ilusiones y una manera concreta de entender el mundo. Cuando fallecen, no solo perdemos a alguien, sino también una forma de vivir nuestro día a día.

Por eso, el duelo no consiste únicamente en afrontar la muerte de un ser querido, sino también en aprender a vivir sin su presencia física mientras mantenemos un vínculo emocional con su recuerdo.

Cada proceso de duelo es único

Cada proceso de duelo es diferente porque cada relación también lo fue. No existen tiempos establecidos ni una única forma correcta de vivir este proceso.

Hay personas que necesitan hablar constantemente de quien ha fallecido, mientras que otras prefieren guardar silencio durante un tiempo. Algunas lloran con facilidad y otras apenas pueden hacerlo durante meses. Algunas buscan compañía y otras necesitan momentos de soledad.

Todas estas formas de vivir el duelo pueden ser normales. Compararnos con otras personas o pensar que "deberíamos estar mejor" solo añade más sufrimiento. Cada persona necesita recorrer este camino a su propio ritmo.

4 síntomas del duelo: qué es normal sentir

El duelo afecta mucho más que a nuestras emociones. También puede manifestarse a nivel físico, emocional, cognitivo y conductual:

1. Síntomas emocionales

Es habitual experimentar tristeza, rabia, culpa, miedo, ansiedad, nostalgia o una profunda sensación de vacío. Las emociones pueden cambiar incluso varias veces a lo largo del mismo día. Es frecuente pasar del llanto a la calma o sentir pequeños momentos de bienestar seguidos de una intensa tristeza.

2. Síntomas físicos

Muchas personas presentan cansancio, falta de energía, alteraciones del sueño, cambios en el apetito, opresión en el pecho, dificultad para respirar profundamente o tensión muscular. Estas manifestaciones suelen formar parte del proceso de duelo y, en la mayoría de los casos, disminuyen conforme la persona va adaptándose a la pérdida.

3. Síntomas cognitivos

La dificultad para concentrarse, los olvidos, la sensación de confusión o los pensamientos repetitivos sobre lo ocurrido también son frecuentes. Incluso algunas personas creen escuchar la voz de quien ha fallecido o sienten durante un instante que va a entrar por la puerta de casa. Estas experiencias pueden aparecer durante los primeros meses y, por sí solas, no significan que exista un problema psicológico.

4. Cambios en el comportamiento

Es habitual perder el interés por actividades que antes resultaban agradables, reducir el contacto social o necesitar más tiempo de descanso. Poco a poco, respetando el propio ritmo, la mayoría de las personas recuperan el interés por su vida cotidiana.

Las etapas del duelo: una guía para comprender lo que sentimos

Aunque el duelo no sigue un camino lineal, muchas personas atraviesan diferentes experiencias emocionales que pueden ayudarnos a comprender lo que estamos viviendo. Es importante recordar que estas etapas no siempre aparecen en este orden. Podemos avanzar, retroceder o experimentar varias al mismo tiempo.

La negación: cuando la mente necesita tiempo

Tras una pérdida importante es frecuente experimentar una sensación de irrealidad.
Es posible pensar: "Esto no puede estar pasando" o esperar, durante unos segundos, que la persona vuelva a aparecer. La negación actúa como un mecanismo de protección que amortigua el impacto emocional inicial y permite que nuestro cerebro vaya asimilando poco a poco una realidad muy dolorosa.

¿Cómo afrontar esta etapa?

Puede resultar útil:

  • Aceptar la realidad a nuestro propio ritmo
  • Compartir lo ocurrido con familiares o personas de confianza
  • Mantener pequeñas rutinas que aporten estructura y estabilidad
  • Evitar exigirnos sentir o actuar de una determinada manera

La ira: dar espacio al enfado

Cuando el impacto inicial disminuye, es frecuente que aparezca la rabia. Podemos enfadarnos con la vida, con los médicos, con nosotros mismos o incluso con la persona que ha fallecido por habernos dejado.

Aunque esta emoción suele generar culpa, en realidad es una forma de expresar la impotencia que sentimos ante una situación que no podemos cambiar.

¿Cómo gestionar la ira?

Reconocer el enfado sin juzgarlo es el primer paso. También puede ayudar expresar las emociones mediante la escritura, la conversación con personas de confianza, el ejercicio físico o el acompañamiento psicológico.

La negociación: el peso de los "¿y si…?"

Muchas personas comienzan a revisar mentalmente todo lo ocurrido:

  • "¿Y si hubiéramos ido antes al médico?"
  • "¿Y si hubiera estado allí?"
  • "¿Y si hubiera hecho algo diferente?"

Estos pensamientos aparecen porque nuestra mente intenta encontrar una explicación o recuperar una sensación de control frente a una realidad irreversible.

¿Cómo manejar estos pensamientos?

Es útil identificar cuándo aparecen y preguntarnos si realmente teníamos la capacidad de controlar lo sucedido.

Escribir estos pensamientos o compartirlos con alguien de confianza suele disminuir su intensidad emocional y reducir la culpa.

La tristeza: permitir que el dolor tenga su espacio

Con el paso de las semanas, la ausencia se hace cada vez más evidente.
Aparecen la nostalgia, el vacío, el llanto, la dificultad para concentrarse o la sensación de que nada volverá a ser igual.

Aunque resulta muy incómoda, la tristeza cumple una función esencial: elaborar la pérdida.
Intentar evitarla o reprimirla suele prolongar el sufrimiento. Permitirse sentir el dolor no significa quedarse atrapado en él, sino darle el espacio necesario para que, con el tiempo, pueda transformarse.

¿Qué puede ayudar durante esta etapa?

Es recomendable:

  • Permitirse llorar cuando aparezca la necesidad
  • Mantener hábitos básicos de autocuidado, como descansar y alimentarse adecuadamente
  • Buscar apoyo en personas significativas
  • Crear pequeños rituales para recordar a la persona fallecida, como escribirle una carta, visitar un lugar especial o mirar fotografías compartidas

Cada una de estas acciones puede favorecer la elaboración del duelo y ayudarnos a mantener un vínculo saludable con el recuerdo de quien ya no está.

La aceptación: aprender a seguir viviendo

La aceptación suele ser una de las etapas más malinterpretadas del duelo. Aceptar no significa olvidar, dejar de querer o que la pérdida deje de doler. Tampoco significa que debamos dejar atrás a la persona fallecida.

Aceptar significa reconocer que esa persona ya no está físicamente y comenzar a construir una vida en la que el recuerdo tenga un lugar, pero el dolor no ocupe todo el espacio.

Con el tiempo, muchas personas descubren que es posible volver a disfrutar, ilusionarse y construir nuevos proyectos sin que ello implique traicionar el recuerdo de quien ha fallecido.

¿Cómo avanzar hacia la aceptación?

Puede ayudar recuperar actividades que antes resultaban satisfactorias, retomar proyectos personales y permitirnos vivir nuevas experiencias sin sentir culpa.

El vínculo con la persona fallecida puede mantenerse a través de recuerdos, tradiciones familiares, conversaciones sobre ella o pequeños gestos llenos de significado. Recordar no impide avanzar; al contrario, puede convertirse en una forma saludable de integrar la pérdida.

¿Cuánto dura un duelo?

Esta es una de las preguntas más frecuentes cuando hablamos de cómo afrontar un duelo.
La realidad es que no existe un tiempo exacto para superar un duelo. Cada persona necesita un ritmo diferente, ya que influyen factores como el tipo de relación con la persona fallecida, las circunstancias del fallecimiento, la historia personal, las pérdidas vividas anteriormente o el apoyo social disponible.

Durante los primeros meses es habitual que el dolor sea especialmente intenso. Con el paso del tiempo, la mayoría de las personas consiguen integrar la pérdida y recuperar progresivamente su bienestar.

Sin embargo, determinadas fechas, como aniversarios, cumpleaños, vacaciones o celebraciones familiares, pueden reactivar la tristeza incluso años después. Esto no significa que el duelo haya retrocedido, sino que el vínculo afectivo sigue formando parte de nuestra historia.

Más que preguntarnos cuánto dura un duelo, resulta más útil observar si poco a poco vamos recuperando la capacidad de disfrutar, relacionarnos con los demás, tomar decisiones y continuar desarrollando nuestro proyecto de vida.

¿Cuándo acudir a un psicólogo para afrontar un duelo?

Aunque el duelo es un proceso natural, en ocasiones puede resultar especialmente intenso o prolongado.

Buscar ayuda psicológica no significa que estemos gestionando mal la pérdida. Al contrario, supone darnos la oportunidad de contar con un espacio seguro donde expresar lo que sentimos, comprender nuestras emociones y aprender recursos para afrontar este momento.

Puede ser recomendable acudir a un psicólogo especializado en duelo cuando:

  • El sufrimiento impide mantener las actividades cotidianas
  • Existe un aislamiento social importante
  • Aparecen sentimientos persistentes de desesperanza o culpa
  • La intensidad del dolor no disminuye con el paso del tiempo
  • Sentimos que no disponemos de recursos para afrontar la pérdida

El acompañamiento psicológico permite comprender mejor las emociones, favorecer la adaptación a la nueva realidad y prevenir que el duelo pueda complicarse.

Pedir ayuda no es un signo de debilidad. En muchas ocasiones, contar con un profesional facilita recorrer este proceso con mayor seguridad y menor sufrimiento.

Aprender a convivir con la ausencia

Acompañar un duelo no consiste en dejar de echar de menos a quien hemos perdido.
Consiste en aprender a convivir con la ausencia de una manera que nos permita seguir viviendo con sentido, integrando esa experiencia en nuestra historia sin que el dolor ocupe todo el espacio.

Con el tiempo, el recuerdo deja de estar asociado únicamente al sufrimiento y comienza a convivir con momentos de gratitud, cariño y aprendizaje. La persona fallecida seguirá teniendo un lugar importante en nuestra vida, pero ya no impedirá que podamos seguir construyendo nuevas experiencias.

Cada proceso es diferente y merece ser vivido con respeto, sin comparaciones y sin exigencias innecesarias.

En Iterias te acompañamos en tu proceso de duelo

En Iterias sabemos que cada proceso de duelo es único y que cada persona necesita un ritmo diferente para afrontar la pérdida.

Por ello, ofrecemos un espacio terapéutico seguro, cercano y profesional donde puedas expresar tus emociones sin sentirte juzgado, comprender lo que estás viviendo y encontrar herramientas para afrontar este proceso.

Nuestro objetivo es acompañarte para que el dolor pueda transformarse, poco a poco, en un recuerdo integrado en tu historia de vida, permitiéndote avanzar sin renunciar al vínculo con la persona que has perdido.

Si estás atravesando una pérdida de un ser querido y sientes que necesitas apoyo, en Iterias estaremos encantados de acompañarte en este camino desde la cercanía, el respeto y la evidencia psicológica.

Bibliografía

  • Kübler-Ross, E., & Kessler, D. (2014). Sobre el duelo y el dolor. Luciérnaga
  • Neimeyer, R. A. (2016). Aprender de la pérdida. Una guía para afrontar el duelo. Paidós
  • Worden, J. W. (2018). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (5.ª ed.). Paidós
Ana Maria Urbano psicologa Iterias Paseo de la Castellana
Firmado por Ana María Urbano Psicóloga general sanitaria

¿Qué es el acoso laboral? cuando el trabajo empieza a romper tu autoestima

"El acoso laboral no empieza cuando te gritan. Empieza cuando comienzas a dudar de ti." Pasamos una gran parte de nuestra vida en el trabajo. Por eso, cuando ese espacio deja de ser seguro y se convierte en una fuente constante de miedo, tensión e inseguridad, el impacto en nuestra salud mental puede ser profundo.

¿Qué es el acoso laboral?

El acoso laboral, también conocido como el mobbing, es una forma de violencia psicológica que ocurre en el entorno de trabajo. Consiste en una serie de conductas hostiles, repetidas y mantenidas en el tiempo, dirigidas hacia una persona con el objetivo —o el efecto— de humillarla, aislarla, desacreditarla o incluso provocar que abandone su puesto de trabajo.

No se trata de un conflicto puntual, una discusión o un desacuerdo entre compañeros. El mobbing es un proceso de desgaste psicológico que va erosionando la confianza, la autoestima y el bienestar de quien lo sufre.

¿Cuándo podemos hablar de acoso laboral?

Aunque cada situación es diferente, suelen darse una serie de características comunes:

  • Las conductas son repetidas y persistentes durante semanas o meses
  • Existe un desequilibrio de poder, ya sea jerárquico o informal, que dificulta que la persona pueda defenderse
  • El comportamiento tiene un impacto significativo en el bienestar psicológico, la salud y el rendimiento laboral

Tipos de mobbing

Existen diferentes formas de acoso laboral:

Mobbing vertical descendente

Es el más frecuente y ocurre cuando el acoso proviene de un superior hacia una persona subordinada.

Mobbing horizontal

Se produce entre compañeros del mismo nivel jerárquico.

Mobbing vertical ascendente

Menos habitual, sucede cuando un grupo de subordinados ejerce acoso sobre un superior.

¿Cómo afecta psicológicamente?

Las consecuencias del acoso laboral pueden extenderse mucho más allá del trabajo. Entre las más frecuentes encontramos:

  • Ansiedad y estrés persistente
  • Ataques de pánico
  • Baja autoestima
  • Sentimientos de culpa
  • Insomnio y fatiga
  • Depresión
  • Agotamiento profesional o burnout
  • Disminución del rendimiento laboral
  • Bajas médicas prolongadas

Sin embargo, uno de los efectos más dolorosos no siempre es visible: la pérdida progresiva de la confianza en uno mismo.
Muchas personas describen esta experiencia con frases como estas:

  • "Hace seis meses disfrutabas de tu trabajo. Hoy revisas cada correo diez veces antes de enviarlo. Pides perdón constantemente. Has dejado de participar en las reuniones. Empiezas a preguntarte si realmente eres tan competente como pensabas. ¿Qué ha pasado?"
  • "Cada día compartes ocho horas con un superior que va minando tu autoestima. Nunca sabes si te va a humillar o, por el contrario, te va a felicitar. Esa incertidumbre termina agotándote."
  • "Iba a trabajar con miedo todos los días y fingía continuamente que todo estaba bien."

Cuando dejas de reconocerte

Una de las consecuencias más frecuentes del acoso laboral es la sensación de perder la propia identidad. La persona comienza a desconfiar de su criterio, de sus capacidades y de su percepción de la realidad. Le cuesta pensar con claridad, tomar decisiones y recuperar la seguridad que antes tenía.

Poco a poco, toda su atención gira alrededor del maltratador: qué dirá, cómo reaccionará, qué hará hoy. El miedo se convierte en el centro de su vida.
Y precisamente ahí reside uno de los mecanismos del acoso: el miedo es una herramienta de control. Cuando una persona vive en un estado constante de alerta, se vuelve más vulnerable y tiene más dificultades para defenderse.

Con el tiempo puede aparecer un fenómeno conocido como indefensión aprendida: la sensación de que, haga lo que haga, nada cambiará. Esto favorece la tristeza, el desánimo y la pérdida de esperanza.

Hay vida más allá del trabajo

Cuando alguien está inmerso en una situación de acoso laboral, es frecuente sentir que no existe una salida. Sin embargo, el trabajo es solo una parte de nuestra vida.

Mantener el contacto con la familia, los amigos, las actividades que generan bienestar y los propios proyectos personales puede convertirse en un importante factor de protección emocional. Recuperar espacios donde uno se siente valorado ayuda a recordar que la identidad no depende de un entorno laboral tóxico.

¿Qué puedes hacer si estás viviendo una situación de acoso laboral?

Aunque cada caso requiere una valoración individual, estas recomendaciones pueden ser un primer paso:

  • Recuerda que no eres culpable de la violencia que estás sufriendo.
  • Expresa lo que está ocurriendo siempre que sea posible y busca personas de confianza con quienes compartirlo.
    Intenta que el foco de tu vida no quede exclusivamente centrado en quien te hace daño. Dedica tiempo a actividades, relaciones y proyectos que te aporten bienestar.
  • Documenta las situaciones de acoso cuando sea posible y busca apoyo dentro de la organización si existen canales adecuados.
  • Acude a un profesional de la psicología. Contar con ayuda especializada permite comprender lo que está ocurriendo, recuperar recursos personales y diseñar estrategias para afrontar la situación.

El mobbing y la ayuda profesional

Si te has sentido identificado con este artículo, recuerda algo importante: el hecho de que hoy dudes de ti no significa que hayas perdido tu valor. El acoso laboral altera la forma en que una persona se percibe a sí misma, pero esa percepción no define quién es realmente.

Pedir ayuda no es un signo de debilidad; es un paso hacia la recuperación. Con el apoyo adecuado y saber cómo poner límites en el trabajo es posible volver a confiar en uno mismo, recuperar el bienestar y construir una vida en la que el miedo deje de ocupar el lugar principal.

Sonia Guijarro psicóloga Iterias Paseo de la Castellana
Firmado por Sonia Guijarro Psicóloga general sanitaria y psicoterapeuta

Señales de agotamiento emocional y cómo afrontarlo

Hay momentos en la vida en los que sentimos que hemos llegado al límite, cómo si funcionásemos en piloto automático. Nos levantamos cansados, vamos encadenando tareas durante el día y, aun así, tenemos la sensación de que no llegamos a todo.

El agotamiento emocional en consulta

Cualquier pequeño problema nos desborda y lo que antes parecía manejable ahora puede convertirse en la gota que colma el vaso. Intentamos seguir adelante como si nada ocurriera, pero el cuerpo y la mente terminan enviándonos señales difíciles de ignorar.

En consulta es frecuente escuchar frases como: “ya no puedo más”, “no sé qué me pasa, pero estoy agotado” o “siento que cualquier cosa me supera”. Y aunque estas sensaciones pueden aparecer en momentos puntuales de la vida, cuando se mantienen en el tiempo suelen indicar que algo importante necesita nuestra atención.

Pero ¿qué significa realmente sentir que no puedes más? ¿Y qué puedes hacer cuando parece que te has quedado sin fuerzas?

Cuando el cansancio va más allá del descanso

Todos atravesamos épocas de mayor estrés, preocupación o exigencia. Sin embargo, cuando la sensación de agotamiento se mantiene durante semanas o meses, es posible que no estemos hablando únicamente de cansancio físico.

En muchas ocasiones, detrás de esta experiencia se encuentra el agotamiento emocional: un estado en el que sentimos que nuestros recursos psicológicos y emocionales ya no son suficientes para afrontar las demandas del día a día.

En esos momentos, descansar una noche o pasar un fin de semana tranquilo puede ayudar, pero no suele resolver el problema de fondo.

Algunas señales frecuentes del agotamiento emocional son:

  • Sensación constante de cansancio o falta de energía
  • Dificultad para concentrarse
  • Irritabilidad o cambios de humor
  • Problemas para dormir
  • Sensación de estar sobrepasado
  • Falta de motivación por actividades que antes resultaban agradables
  • Necesidad de aislarse o desconectarse de los demás

Cuando estas señales aparecen de forma persistente es importante no ignorarlas.

¿Por qué llegamos a sentir que no podemos más?

Muchas personas creen que el agotamiento aparece de repente, pero en realidad suele ser el resultado de una acumulación progresiva.

A menudo pasamos meses o incluso años ignorando nuestras propias necesidades mientras intentamos cumplir con las expectativas de los demás, resolver problemas o mantener el control de todas las áreas de nuestra vida.

Algunas situaciones que pueden favorecer esta sensación son:

  • Periodos prolongados de estrés
  • Problemas laborales o académicos
  • Conflictos familiares o de pareja
  • Procesos de duelo o pérdidas importantes
  • Cuidar de otras personas durante mucho tiempo
  • Exigencia excesiva y perfeccionismo
  • Falta de espacios de descanso y autocuidado

La importancia de parar y escuchar lo que está ocurriendo

Cuando sentimos que no podemos más, nuestra primera reacción suele ser intentar aguantar un poco más.

Nos repetimos frases como:

“Tengo que ser fuerte”
“Ya descansaré cuando termine esto”
“No es para tanto”
“Hay gente que está peor”

Sin embargo, minimizar nuestro malestar no hace que desaparezca.

En muchas ocasiones, la sensación de estar al límite funciona como una señal de alarma. El cuerpo y la mente están indicando que algo necesita atención. Por lo tanto, parar no significa rendirse, sino observar qué está ocurriendo y reconocer que nuestros recursos no son infinitos.

Preguntarnos cómo estamos realmente, qué necesitamos o qué nos está desgastando puede ser un primer paso muy importante para recuperar el equilibrio.

¿Qué pasa si seguimos ignorando las señales?

Muchas personas consiguen seguir funcionando durante meses a pesar del agotamiento. Continúan adelante como si nada ocurriera. Desde fuera puede parecer que todo está bajo control, pero mantener este esfuerzo durante demasiado tiempo suele tener un coste.

La energía disminuye, la irritabilidad aumenta, resulta más difícil concentrarse y cada vez cuesta más recuperarse después de una jornada exigente. Poco a poco, la sensación de desgaste se va acumulando.

Por eso, escuchar las señales antes de llegar al límite suele ser mucho más sencillo que intentar recuperarse cuando el agotamiento ya es muy profundo.

Qué hacer cuando sientes que no puedes más

No existe una solución rápida para todas las situaciones, pero sí algunas acciones que pueden ayudar a recuperar el bienestar emocional y la sensación de control.

1. Reconoce lo que estás sintiendo

Intentar ignorar el malestar suele aumentar el sufrimiento. Detenerte un momento y reconocer cómo te sientes puede ayudarte a comprender mejor qué está ocurriendo. A veces descubrimos que detrás del agotamiento hay tristeza, ansiedad, frustración, miedo o una mezcla de varias emociones. Reconocer lo que nos ocurre no resuelve automáticamente el problema, pero sí nos permite empezar a abordarlo.

2. Permítete bajar el ritmo

Cuando estamos agotados solemos hacer justamente lo contrario de lo que necesitamos: nos exigimos más, intentamos rendir igual y nos frustramos cuando no lo conseguimos. Sin embargo, pedirle a una persona exhausta que mantenga el mismo nivel de energía es como exigirle a un móvil con un 5% de batería que siga funcionando durante todo el día. A veces, recuperarse implica aceptar que durante un tiempo necesitaremos ir más despacio.

3. Reduce la autoexigencia

Muchas personas que llegan al límite tienen algo en común: llevan demasiado tiempo intentando hacerlo todo bien. Aceptar que no podemos llegar a todo, cometer errores o necesitar ayuda no es una señal de fracaso. Es una parte natural de la experiencia humana.
Tratarte con la misma comprensión que ofrecerías a alguien que aprecias puede marcar una gran diferencia.

4. Prioriza lo esencial

En momentos de saturación, intentar llegar a todo suele aumentar la sensación de fracaso.
Puede ser útil preguntarse:

  • ¿Qué es realmente urgente?
  • ¿Qué puede esperar?
  • ¿Qué puedo delegar?
  • ¿Qué responsabilidades estoy asumiendo que no me corresponden?

Reducir la carga, aunque sea de forma temporal, puede generar un alivio importante.

5. Busca apoyo

Cuando atravesamos momentos difíciles es habitual aislarnos o pensar que debemos resolverlo todo por nuestra cuenta. Sin embargo, compartir lo que estamos viviendo con personas de confianza puede ayudarnos a sentirnos acompañados y a ver la situación desde otra perspectiva. Pedir ayuda no es una señal de debilidad. Es una forma saludable de cuidarnos.

Escucha las necesidades de tu cuerpo

El bienestar psicológico y el bienestar físico están muy relacionados. Dormir el tiempo necesario, mantener horarios de descanso, alimentarse de forma equilibrada y reservar momentos para actividades agradables no son lujos ni premios que debemos ganarnos. Son necesidades básicas. Cuando llevamos demasiado tiempo ignorándolas, el malestar suele intensificarse.

¿Cuándo es recomendable buscar ayuda profesional?

Hay ocasiones en las que el agotamiento emocional se vuelve tan intenso que resulta difícil gestionarlo sin apoyo. Buscar ayuda profesional puede ser especialmente recomendable cuando:

  • La sensación de no poder más se mantiene durante semanas
  • El malestar interfiere en el trabajo, los estudios o las relaciones
  • Aparecen síntomas de ansiedad o depresión
  • Se pierde la capacidad de disfrutar de actividades cotidianas
  • La persona siente que está atrapada y no encuentra soluciones

La terapia psicológica ofrece un espacio seguro para comprender qué está ocurriendo, identificar las causas del malestar y desarrollar herramientas para afrontarlo de manera más saludable.

Pedir ayuda también es cuidarse

Sentir que no puedes más no significa que seas débil, incapaz o que hayas fracasado.
A menudo significa que llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que puedes cargar.

Escuchar esas señales, permitirte descansar, poner límites y buscar apoyo cuando lo necesitas puede ser uno de los actos de cuidado más importantes que realices por ti mismo.

Porque no siempre podemos evitar las dificultades de la vida, pero sí podemos aprender a afrontarlas sin tener que hacerlo todo en soledad.

Equipo Iterias Ana Ricote
Firmado por Ana Ricote Psicóloga sanitaria y psicoterapeuta.

¿Por qué entender lo que te ocurre no siempre produce un cambio psicológico?

Existe cierta idea sobre el cambio psicológico que rara vez se cumple en la práctica: si una persona entiende suficientemente bien lo que le ocurre, tarde o temprano acabará cambiando.

La distancia entre saber y cambiar

A primera vista, esta idea parece lógica. Si comprendemos el origen de nuestros problemas, identificamos los patrones que nos hacen sufrir y somos conscientes de aquello que nos bloquea, lo razonable sería pensar que el siguiente paso consiste simplemente en actuar de manera diferente. Sin embargo, la experiencia clínica demuestra que el proceso de cambio psicológico es mucho más complejo.

En psicoterapia es habitual encontrar personas que poseen un elevado grado de autoconocimiento. Saben qué situaciones les generan ansiedad, identifican patrones emocionales que se repiten en sus relaciones y son capaces de explicar con bastante precisión cómo determinadas experiencias del pasado han influido en su forma de pensar, sentir y actuar. A pesar de ello, continúan experimentando las mismas dificultades una y otra vez.

Pueden reconocer que les cuesta poner límites, que priorizan constantemente las necesidades de los demás, que buscan aprobación de forma excesiva o que evitan determinados conflictos por miedo al rechazo. Lo saben. Lo explican. Incluso pueden analizarlo con detalle. Sin embargo, siguen sintiendo que no logran producir el cambio que desean.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué el autoconocimiento no siempre se traduce en transformación? ¿Por qué comprender nuestros problemas emocionales no garantiza que desaparezcan?

La respuesta tiene mucho que ver con la diferencia entre comprender algo intelectualmente y experimentar un verdadero insight psicológico.

Comprender un problema no es lo mismo que transformarlo

Uno de los errores más frecuentes al hablar de salud mental consiste en asumir que comprender un problema equivale a resolverlo.

Comprender implica poder explicar una situación. Es la capacidad de identificar causas, reconocer patrones y construir una narrativa coherente sobre lo que ocurre. Gracias al autoconocimiento, una persona puede llegar a entender perfectamente por qué actúa de determinada manera o por qué determinadas situaciones le generan malestar.

Sin embargo, el insight psicológico va más allá de la simple comprensión intelectual.
El insight no consiste únicamente en adquirir información nueva, sino en relacionarse de una forma diferente con algo que ya se sabía. Supone una transformación en la manera de percibir una experiencia, una emoción o un conflicto.

Por eso una persona puede llevar años afirmando que evita el conflicto, que le cuesta pedir ayuda o que necesita sentirse validada por los demás sin que ese conocimiento genere cambios significativos en su vida cotidiana.

La información está disponible. El problema no es la falta de conocimiento. Lo que todavía no ha cambiado es el significado profundo que esa experiencia tiene dentro de su organización psicológica. En muchas ocasiones, el cambio emocional comienza precisamente cuando algo que se entendía de forma racional empieza a sentirse de manera diferente.

El momento en que aparece el insight psicológico

El insight suele producirse cuando una explicación deja de ser únicamente correcta y empieza a tener consecuencias personales.

Por ejemplo, una persona puede llevar años describiéndose como alguien extremadamente independiente. Puede sentirse orgullosa de no necesitar ayuda y considerar esa autosuficiencia una característica positiva de su personalidad.

Sin embargo, durante el proceso terapéutico puede descubrir que esa independencia no siempre fue una elección consciente. Tal vez fue una estrategia desarrollada en un contexto donde depender de otros generaba decepción, inseguridad o dolor. En ese momento se produce un cambio importante.

Lo que antes parecía una característica estable de la personalidad empieza a entenderse como una adaptación. Lo que se percibía como una forma de ser comienza a verse también como una forma de protegerse.

Este tipo de descubrimientos suelen tener un impacto mucho mayor que una simple explicación racional porque modifican la forma en que la persona se relaciona consigo misma.

El insight psicológico aparece cuando dejamos de observar nuestros comportamientos únicamente como rasgos personales y comenzamos a comprender las funciones emocionales que han cumplido a lo largo de nuestra historia.

Los patrones emocionales suelen tener una función

Cuando hablamos de problemas emocionales, es habitual centrarnos exclusivamente en las consecuencias negativas que generan.

Sin embargo, muchas de las conductas que actualmente producen sufrimiento tuvieron en algún momento una función adaptativa.

Algunos ejemplos frecuentes son:

  • Adaptarse constantemente a las necesidades de los demás
  • Evitar conflictos incluso cuando algo resulta injusto
  • Ocultar emociones para no preocupar o incomodar
  • Responsabilizarse de problemas que no corresponden
  • Intentar hacerlo todo de forma perfecta
  • Priorizar siempre el bienestar ajeno sobre el propio

Estas conductas rara vez aparecen por casualidad. En muchos casos fueron estrategias que ayudaron a mantener relaciones importantes, reducir situaciones de amenaza emocional o conseguir aceptación dentro del entorno.

Por ejemplo, alguien que aprendió desde pequeño a no generar problemas puede haber descubierto que mostrar determinadas emociones provocaba rechazo o incomodidad en las personas de las que dependía. Como consecuencia, desarrolló una gran capacidad para adaptarse a los demás y ocultar sus propias necesidades. Durante años esa estrategia pudo resultar eficaz.

El problema surge cuando aquello que en el pasado ayudó a sobrevivir emocionalmente continúa funcionando de manera automática en el presente, incluso cuando ya no resulta necesario.

Cuando las estrategias de protección se convierten en identidad

Uno de los motivos por los que el cambio psicológico puede resultar tan difícil es que muchas estrategias terminan integrándose en la identidad personal.

Con el paso del tiempo dejamos de percibir ciertos comportamientos como adaptaciones y empezamos a considerarlos una parte esencial de quienes somos.

Algunas identidades psicológicas muy frecuentes son:

  • La persona que siempre cuida de los demás
  • La que nunca necesita ayuda
  • La que puede con todo
  • La que siempre está disponible
  • La que evita cualquier conflicto
  • La que se adapta constantemente
  • La que nunca decepciona a nadie
  • La que mantiene todo bajo control

Estos roles proporcionan una sensación de estabilidad y coherencia. Ayudan a responder preguntas fundamentales sobre quiénes somos y cuál es nuestro lugar dentro de las relaciones.

Por eso cambiar no implica únicamente modificar una conducta y, en muchas ocasiones, supone revisar creencias profundamente arraigadas sobre uno mismo.

Cuando una persona que siempre se ha definido como fuerte empieza a permitirse ser vulnerable, no solo está cambiando un comportamiento, sino que también está transformando una parte importante de su identidad, y eso puede generar miedo, incertidumbre y resistencia.

La resistencia al cambio no siempre significa falta de voluntad

La llamada resistencia al cambio es uno de los conceptos más malinterpretados dentro de la psicología.

Desde fuera puede parecer que una persona se aferra a aquello que le hace sufrir o que no tiene suficiente motivación para mejorar. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja, ya que muchas veces lo que se intenta modificar sigue proporcionando beneficios psicológicos importantes.

Por ejemplo:

  • Evitar conflictos puede generar una sensación temporal de seguridad
  • Buscar aprobación puede ofrecer reconocimiento y pertenencia
  • No pedir ayuda puede proteger frente a posibles decepciones
  • Mantener el control puede reducir la ansiedad y la incertidumbre

Lo que muchas veces se esconde detrás de la resistencia al cambio

  • Miedo a decepcionar a otras personas
  • Temor a perder vínculos importantes
  • Inseguridad ante una identidad diferente
  • Necesidad de mantener una sensación de control
  • Dificultad para tolerar la incertidumbre
  • Miedo a sentirse vulnerable

Cuando observamos la situación desde esta perspectiva, la resistencia deja de parecer irracional y empieza a entenderse como un intento de proteger algo valioso.

La persona quiere dejar atrás aquello que le hace sufrir, pero al mismo tiempo teme perder algo que durante años le ha proporcionado estabilidad emocional.

No existe un deseo consciente de seguir sufriendo. Lo que existe es el miedo a renunciar a mecanismos que han resultado importantes para mantener el equilibrio psicológico.

Comprender esta ambivalencia es fundamental tanto para quienes realizan terapia psicológica como para quienes acompañan a alguien en su proceso de cambio.

El papel de la psicoterapia en el cambio psicológico

Uno de los principales objetivos de la psicoterapia consiste en ayudar a comprender qué función siguen cumpliendo determinados patrones emocionales en el presente.

Desde esta perspectiva, los síntomas, los bloqueos y las repeticiones dejan de verse exclusivamente como problemas que deben eliminarse. También empiezan a entenderse como intentos de adaptación.

La pregunta deja de ser únicamente ¿cómo puedo dejar de hacer esto? para transformarse en algo más profundo:

¿Qué necesidad está intentando cubrir este comportamiento?

Cuando una persona comprende las funciones que cumplen sus estrategias emocionales, puede empezar a desarrollar alternativas más flexibles y ajustadas a su situación actual. Este proceso no suele producirse mediante consejos rápidos ni a través de simples decisiones de voluntad.

Requiere tiempo, reflexión, experiencia emocional y un espacio seguro donde explorar aspectos de uno mismo que muchas veces permanecen fuera de la conciencia habitual.
Por eso la terapia psicológica no se limita a proporcionar explicaciones, sino que también busca generar nuevas experiencias que permitan modificar formas de relación profundamente arraigadas.

Cómo se produce realmente el cambio emocional

La cultura popular suele representar el cambio como una gran revelación o una transformación repentina.

Sin embargo, la mayoría de los cambios psicológicos importantes ocurren de manera gradual.

Señales de que el cambio psicológico está comenzando

  • Expresar necesidades que antes se ocultaban
  • Poner límites donde antes predominaba la complacencia
  • Pedir ayuda sin sentir tanta culpa
  • Tolerar emociones difíciles sin evitarlas inmediatamente
  • Tomar decisiones menos condicionadas por el miedo
  • Relacionarse de forma más auténtica con los demás
  • Aceptar la propia vulnerabilidad

Aunque estos cambios puedan parecer pequeños desde fuera, suelen representar transformaciones muy significativas para quien los experimenta.

Cada nueva respuesta amplía el repertorio de posibilidades psicológicas. Cada decisión menos condicionada por el miedo, la culpa o la necesidad de aprobación representa una pequeña transformación. Y la suma de estas transformaciones es lo que acaba produciendo cambios profundos y duraderos.

Ideas clave para recordar

  1. Comprender un problema no siempre implica resolverlo
  2. El insight psicológico va más allá del conocimiento intelectual
  3. Muchos patrones emocionales fueron útiles en algún momento de la vida
  4. Las estrategias de protección pueden convertirse en parte de la identidad
  5. La resistencia al cambio suele estar relacionada con la necesidad de preservar seguridad o estabilidad
  6. La psicoterapia ayuda a comprender estas dinámicas y desarrollar nuevas formas de relacionarse con uno mismo
  7. El cambio psicológico suele producirse de manera gradual, no mediante transformaciones repentinas

Entre saber y cambiar existe un espacio fundamental

La psicoterapia no consiste únicamente en comprender por qué ocurre algo, también busca crear las condiciones necesarias para que determinadas experiencias puedan vivirse de una manera diferente.

El autoconocimiento es un punto de partida imprescindible. Comprender nuestros patrones emocionales, identificar el origen de ciertos conflictos y reconocer cómo hemos aprendido a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás constituye una parte fundamental del proceso.

Sin embargo, el conocimiento por sí solo rara vez basta. Entre saber algo sobre uno mismo y poder vivirlo de otra manera existe una distancia considerable.

Es precisamente en ese espacio donde ocurre gran parte del cambio psicológico.
Un espacio donde las explicaciones dejan de ser únicamente intelectuales, donde las estrategias automáticas empiezan a flexibilizarse y donde aparecen nuevas formas de relacionarse con las emociones, con los demás y con uno mismo.

En última instancia, el verdadero cambio no consiste solamente en entender quiénes somos. Consiste en ampliar nuestra capacidad para elegir cómo queremos vivir, incluso cuando durante mucho tiempo hemos sentido que no existían otras alternativas.

Y es precisamente ahí donde la psicoterapia puede convertirse en una herramienta valiosa para promover el bienestar emocional, favorecer el crecimiento personal y construir formas de vida más libres y coherentes con nuestras necesidades reales.

Foto de Gabriela Hernández
Firmado por Gabriela Hernández Psicóloga clínica y psicoterapeuta

Burnout: cuando el trabajo te desgasta

¿Qué es el burnout y por qué debemos prestarle atención?

El burnout o síndrome de desgaste profesional es una condición psicológica que surge como consecuencia de la exposición prolongada al estrés laboral crónico. No se trata simplemente de estar cansado después de una semana intensa de trabajo, sino de un proceso gradual de agotamiento que afecta de manera profunda el bienestar emocional, físico y mental de la persona.

Este fenómeno fue descrito ampliamente por las investigadoras Christina Maslach y Susan Jackson (1981), quienes lo definieron a través de tres dimensiones fundamentales: agotamiento emocional, despersonalización o cinismo, y una disminución de la realización personal en el trabajo. En otras palabras, la persona comienza sintiéndose exhausta, posteriormente desarrolla una actitud distante o negativa hacia su labor y, finalmente, percibe que su trabajo ha perdido significado o valor.

Aunque cualquier trabajador puede experimentar burnout, ciertos sectores presentan una mayor vulnerabilidad. Entre ellos destacan los profesionales sanitarios, docentes, trabajadores sociales, psicólogos y otros perfiles que desempeñan funciones de cuidado o atención a personas. Según Leiter y Schaufeli (1996), aquellas profesiones caracterizadas por una elevada demanda emocional suelen mostrar mayores niveles de desgaste profesional.

La relevancia de este fenómeno ha crecido tanto en las últimas décadas que la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció oficialmente el burnout como un fenómeno ocupacional. Este reconocimiento supone un cambio importante de perspectiva: el problema no reside únicamente en las capacidades individuales para gestionar el estrés, sino también en las condiciones laborales y organizativas que favorecen su aparición.

El origen del burnout: cuando las demandas superan a los recursos

El burnout no aparece de un día para otro. Generalmente es el resultado de un desequilibrio sostenido entre las exigencias del trabajo y los recursos disponibles para afrontarlas.

Entre los principales factores de riesgo laborales encontramos las agendas saturadas, la sobrecarga de tareas prolongada en el tiempo, las jornadas extensas sin descanso suficiente, la presión por alcanzar objetivos exigentes y la falta de control sobre las propias responsabilidades. Cuando una persona siente que trabaja constantemente bajo presión y sin capacidad para influir en las decisiones que afectan a su desempeño, aumenta significativamente el riesgo de agotamiento.

También influyen otros elementos organizacionales como la ambigüedad de rol, es decir, no tener claro qué se espera exactamente del puesto de trabajo, la falta de reconocimiento por los esfuerzos realizados, la ausencia de oportunidades de desarrollo profesional, los conflictos entre compañeros o superiores y la inseguridad laboral derivada de contratos precarios o situaciones económicas inestables.

En muchos casos, el trabajador continúa funcionando durante meses o incluso años bajo estas condiciones, adaptándose progresivamente al malestar hasta que aparecen síntomas más evidentes de desgaste. Por ello, resulta fundamental entender el burnout como un proceso acumulativo y no como una reacción puntual.

Factores personales que pueden aumentar la vulnerabilidad

Aunque las condiciones laborales desempeñan un papel central, existen ciertas características personales que pueden aumentar la susceptibilidad al burnout.

Las personas con elevados niveles de perfeccionismo suelen establecer estándares extremadamente altos para sí mismas. Esto puede llevarlas a dedicar más tiempo y energía de la necesaria a cada tarea, experimentando una sensación constante de que nunca es suficiente. Del mismo modo, la autoexigencia excesiva favorece la aparición de sentimientos de culpa cuando no se alcanzan determinadas expectativas.

Otro factor frecuente es la dificultad para delegar responsabilidades. Algunas personas asumen una gran cantidad de trabajo porque consideran que nadie más podrá hacerlo correctamente o porque temen ser percibidas como incompetentes si solicitan ayuda.
Asimismo, existe un mayor riesgo cuando la identidad personal está excesivamente ligada al rol profesional. Cuando el trabajo se convierte en la principal fuente de autoestima y reconocimiento, cualquier dificultad laboral puede sentirse como una amenaza directa al valor personal.

La incapacidad para establecer límites saludables también contribuye al problema. Responder correos fuera del horario laboral, aceptar continuamente nuevas responsabilidades o renunciar al tiempo de descanso son conductas que, mantenidas en el tiempo, pueden favorecer el desgaste emocional.

El papel del entorno social

El burnout no depende únicamente del individuo ni de la organización. El entorno social también ejerce una influencia importante.

Las personas que cuentan con redes de apoyo sólidas suelen disponer de mayores recursos para afrontar las dificultades laborales. Poder compartir preocupaciones con familiares, amigos o compañeros de confianza actúa como un factor protector frente al estrés.

Por el contrario, el aislamiento social, las dificultades para conciliar la vida laboral y personal o la falta de espacios para el ocio y el descanso aumentan la vulnerabilidad al agotamiento. A esto se suman situaciones de presión económica, responsabilidades familiares intensas o contextos de crisis que pueden incrementar significativamente la carga emocional.

Cuando el trabajo ocupa progresivamente todo el espacio disponible en la vida de una persona, disminuyen las oportunidades de recuperación psicológica. Esto dificulta la capacidad del organismo para compensar el estrés acumulado y favorece la aparición del burnout.

Señales de alerta: cómo reconocer el desgaste profesional

Identificar los primeros síntomas resulta fundamental para prevenir consecuencias más graves:

1. Fatiga persistente

La persona siente que descansa, pero no recupera realmente la energía. Actividades que antes realizaba con facilidad comienzan a percibirse como agotadoras.

2. Irritabilidad creciente, impaciencia o una menor tolerancia a situaciones cotidianas

A nivel cognitivo son frecuentes las dificultades de concentración, los olvidos, la disminución de la productividad y la sensación de estar constantemente saturado.

3. Pérdida progresiva de interés por el trabajo

Lo que anteriormente generaba motivación o satisfacción comienza a producir indiferencia, frustración o incluso rechazo. Algunas personas desarrollan una actitud cínica hacia sus responsabilidades o hacia las personas con las que trabajan.

4. Problemas de sueño

Ya sea por dificultades para conciliar el sueño, despertares frecuentes o sensación de descanso insuficiente. Además, pueden aparecer pensamientos recurrentes relacionados con abandonar el puesto de trabajo, cambiar de profesión o alejarse completamente del entorno laboral.

Si estas señales no se detectan a tiempo, el burnout puede evolucionar hacia trastornos más severos como ansiedad, depresión, problemas de salud física o abandono laboral.

El burnout en los profesionales de la salud mental

Existe un ámbito donde el desgaste profesional es especialmente frecuente y, al mismo tiempo, menos visible: la salud mental.

Psicólogos, psiquiatras, terapeutas y otros profesionales de ayuda trabajan diariamente con el sufrimiento humano. Escuchar experiencias de dolor, pérdida, trauma o conflicto emocional de manera continuada puede generar un importante impacto psicológico.

Paradójicamente, a menudo se espera que estos profesionales sepan gestionar perfectamente sus propias emociones debido a su formación. Esta expectativa puede dificultar que reconozcan sus propias necesidades o soliciten ayuda cuando comienzan a sentirse sobrepasados.

La falta de espacios de supervisión, intercambio profesional y autocuidado aumenta el riesgo de desgaste. Cuando quienes cuidan no reciben apoyo suficiente, no solo se ve afectado su bienestar personal, sino también la calidad de la atención que pueden ofrecer a las personas que acompañan.

Por este motivo, la prevención del burnout en el ámbito de la salud mental constituye una responsabilidad tanto individual como institucional.

Estrategias para prevenir el burnout

La investigación científica ha demostrado que las intervenciones más eficaces combinan acciones individuales y cambios organizacionales.

Desde el punto de vista de las organizaciones, resulta fundamental revisar las cargas de trabajo, promover horarios razonables, garantizar periodos adecuados de descanso y favorecer la participación de los trabajadores en la toma de decisiones. El reconocimiento del esfuerzo realizado y la existencia de oportunidades de desarrollo profesional también contribuyen a reducir el riesgo de desgaste.

El liderazgo desempeña un papel especialmente importante. Los responsables de equipos pueden actuar como factores protectores cuando promueven un clima laboral basado en la colaboración, el apoyo mutuo y la comunicación abierta.

A nivel individual, es recomendable desarrollar habilidades para establecer límites saludables, aprender a priorizar tareas, fomentar actividades de ocio y mantener relaciones sociales significativas fuera del trabajo. Buscar apoyo profesional cuando aparecen los primeros síntomas también puede ser una medida preventiva eficaz.

Una reflexión necesaria: el bienestar también es productividad

Es importante comprender que el burnout no es una señal de debilidad, falta de compromiso o insuficiente resiliencia. Se trata del resultado de un desequilibrio prolongado entre las demandas que afronta una persona y los recursos disponibles para responder a ellas.

Reconocer esta realidad implica cuestionar la cultura que normaliza la sobrecarga, glorifica el exceso de trabajo y considera el agotamiento como una prueba de dedicación profesional. Ningún sistema puede sostenerse de forma saludable si quienes lo integran trabajan constantemente al límite de sus capacidades.

Promover el bienestar laboral no es un lujo ni una cuestión secundaria. Es una condición necesaria para preservar la salud física y mental de los trabajadores, mejorar la calidad de los servicios prestados y construir organizaciones más sostenibles.

En el ámbito de la salud mental, esta reflexión adquiere una relevancia aún mayor. No es posible acompañar adecuadamente el sufrimiento de otras personas cuando quienes ofrecen ayuda están emocionalmente agotados. Cuidar a quienes cuidan es, en última instancia, una forma de cuidar a toda la sociedad.

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Firmado por Laura Reina Psiquiatra especialista en salud mental

¿Qué es el Workaholism? Más allá del éxito, un desafío de salud mental

Lo que tradicionalmente se ha visto como una "dedicación excesiva" o un "alto compromiso" está siendo reevaluado por la ciencia reciente como una adicción conductual con implicaciones clínicas severas.

¿De dónde viene la adicción al trabajo?

En la sociedad actual, la productividad y la eficiencia se han consolidado como los principales símbolos de éxito y prestigio. Desde los discursos empresariales hasta las dinámicas en redes sociales, se ensalza a menudo el sacrificio personal como el único camino hacia el logro profesional. Sin embargo, esta cultura de la hiperproductividad ha ocultado un fenómeno creciente que afecta el bienestar profundo de las personas: el workaholism o adicción al trabajo.

¿Qué es realmente el Workaholism?

El término fue acuñado originalmente en la década de los 70 por el psicólogo Wayne Oates para describir una necesidad incontrolable de trabajar. No se trata simplemente de trabajar muchas horas o de estar comprometido con la profesión. La diferencia fundamental radica en la compulsión: el workaholic experimenta una urgencia interna irresistible de trabajar que va más allá de las demandas laborales objetivas o las necesidades económicas.

Diferencias entre el workaholism y el trabajo saludable

Es crucial distinguir el workaholism del compromiso laboral saludable. Mientras que una persona comprometida con su trabajo disfruta de él y mantiene un equilibrio con otras áreas de su vida, en la adicción al trabajo destaca la pérdida de control y de libertad, la culpa al descansar y los pensamientos obsesivos. En este sentido, el trabajo deja de ser una fuente de satisfacción para convertirse en un mecanismo evitativo de regulación emocional.

Prevalencia: un problema de salud pública emergente

El workaholism no es un fenómeno marginal. Metaanálisis recientes sitúan su prevalencia global entre el 8% y el 15% de la población trabajadora. Ciertos sectores son especialmente vulnerables debido a su alta carga emocional y cultura de sacrificio, como la sanidad, la tecnología, las finanzas y la educación.

En contextos de alta competitividad y digitalización, este problema se ha convertido en un desafío de salud pública, especialmente en entornos urbanos donde la identidad personal suele estar fusionada con el rendimiento laboral.

El impacto en la salud mental y física

Las consecuencias de esta adicción son profundas y afectan múltiples dimensiones del ser humano. La literatura científica confirma una asociación robusta entre el workaholism y el deterioro psicológico.

El costo emocional suele manifestarse a través de:

  • Ansiedad y depresión: existe una correlación significativa entre la adicción al trabajo y síntomas de trastornos afectivos y de ansiedad. El riesgo de desarrollar un estado de ánimo depresivo puede duplicarse en trabajadores con alto nivel de adicción.
    Síntomas frecuentes pueden ser ataques de pánico, tensión constante y miedo a perder el control del rendimiento, sensación de vacío, desconexión y frustración ante la imposibilidad de sostener el ritmo.
  • Burnout (síndrome de desgaste): una fatiga emocional intensa acompañada de una pérdida de sentido y despersonalización.
  • Trastornos comórbidos: se ha observado que el workaholism, es más frecuente en personas con antecedentes de TDAH y trastorno obsesivo-compulsivo. Esto no significa que toda persona con adicción al trabajo, tenga un diagnóstico de TDAH o TOC.
  • Problemas somáticos: dolores musculares, cefaleas, hipertensión y alteraciones digestivas.
  • Trastornos del sueño: insomnio, pesadillas relacionadas con responsabilidades o proyectos incompletos.

Uno de los descubrimientos más relevantes de estudios recientes es el papel mediador de la privación del sueño. El workaholism conduce a una peor calidad del descanso, lo que a su vez actúa como un motor de desregulación fisiológica que agrava la ansiedad y el deterioro cognitivo. El individuo vive en un estado de activación psicofisiológica constante (hiperactivación del sistema de estrés), lo que debilita el sistema inmunológico y aumenta la vulnerabilidad a trastornos físicos.

Impacto social y familiar

A nivel relacional, el adicto al trabajo tiende a distanciarse emocionalmente de su entorno. El conflicto trabajo-familia es una de las consecuencias más devastadoras, generando resentimiento en la pareja y soledad en los hijos. La identidad queda tan vinculada al "hacer" que, cuando el rendimiento disminuye por agotamiento, el individuo descubre que ha perdido su sostén emocional básico.

5 factores de riesgo en la adicción al trabajo

El desarrollo de esta adicción es multifactorial, involucrando rasgos personales y presiones externas:

1. Rasgos de personalidad

El perfeccionismo disfuncional, la baja tolerancia al fracaso, y la necesidad de control son predisponentes clave. En algunos casos, las experiencias tempranas con figuras exigentes o afectos condicionados al logro (“me quieren si rindo”) consolidan un patrón de búsqueda constante de validación mediante el éxito.

2. Factores emocionales

El trabajo puede convertirse en una forma de evasión. Sumergirse en tareas brinda una sensación momentánea de control y propósito, pero perpetúa la desconexión emocional.

3. Neurobiología

Existe un refuerzo neurobiológico; el cerebro libera dopamina al recibir reconocimiento o cerrar tareas, creando un ciclo de dependencia similar al de otras adicciones conductuales.

4. Cultura organizacional

Muchas empresas refuerzan activamente estos patrones premiando la disponibilidad constante y las largas jornadas. La digitalización y la cultura "always-on" (siempre conectado) han difuminado los límites entre la vida privada y profesional, facilitando que el trabajo invada cada rincón del día. Las redes sociales agravan el fenómeno, mostrando historias de éxito que refuerzan la idea de que el descanso es un lujo o una debilidad.

5. Factores familiares

En muchos casos, el entorno refuerza la conducta. Familias o parejas que admiran la dedicación excesiva contribuyen a mantener la adicción, hasta que las consecuencias se vuelven evidentes.

¿Cómo detectar el Workaholism?

  • Pensamientos obsesivos sobre el trabajo, incluso fuera del horario laboral
  • Incapacidad para relajarse
  • Sentir culpa durante el ocio
  • Deterioro de la salud
  • Prolongación excesiva de jornadas
  • Dificultad para delegar tareas
  • Deterioro de las relaciones personales por priorizar el trabajo
  • Negación del problema atribuyéndolo a una supuesta "pasión profesional"

Herramientas de evaluación para la adicción al trabajo

Para los profesionales de la salud, es vital contar con instrumentos validados para identificar el problema. Los instrumentos actuales se basan en evaluar componentes como la tolerancia, el síndrome de abstinencia y el conflicto, así como diferenciar las dimensiones de trabajar excesivamente y trabajar compulsivamente. Actualmente encontramos la Bergen Work Addiction Scale (BWAS), International Work Addiction Scale (IWAS) y Dutch Work Addiction Scale (DUWAS).

Tratamiento del Workaholism

El tratamiento del Workaholism requiere un abordaje multidimensional que combine la intervención individual con cambios en el entorno laboral.

Intervenciones individuales:

  • Trabajo terapéutico: es fundamental un abordaje terapéutico integral que no solo se centre en la adicción al trabajo, si no que incluya la historia del individuo, patrones de personalidad, experiencias vividas y su situación actual.
  • Mindfulness y regulación emocional: estas prácticas han demostrado ser eficaces para reducir la compulsión y mejorar la satisfacción laboral sin disminuir el rendimiento real. Ayudan al individuo a desarrollar conciencia del momento presente, y reducir los pensamientos automáticos sobre las tareas pendientes y conductas debilitantes relacionadas con el trabajo.
  • Reestructuración del Tiempo: establecer límites físicos y digitales claros (horarios de desconexión, fines de semana sin dispositivos) es un paso esencial para la recuperación.
  • Intervención farmacológica: en casos donde existen síntomas asociados a trastornos como ansiedad, depresión, insomnio, que interfieran en el funcionamiento del individuo, puede emplearse el tratamiento farmacológico, siempre bajo supervisión médica y como parte de un plan terapéutico integral.

Responsabilidad organizacional

No basta con que el individuo cambie, las organizaciones deben promover una cultura de bienestar. Esto incluye:

  • Políticas claras sobre horarios y disponibilidad fuera del trabajo
  • Promoción de pausas regulares y uso completo de vacaciones
  • Formación para líderes sobre identificación y manejo del workaholism
  • Programas de asistencia al empleado con acceso a apoyo psicológico
  • Rediseño participativo del trabajo que enfatice las fortalezas del trabajador

Reivindicar el descanso como salud

El Workaholism es una adicción silenciosa que erosiona la salud mientras se disfraza de éxito. La evidencia científica reciente es clara: trabajar más no significa necesariamente trabajar mejor, y ciertamente no significa vivir mejor.

Es imperativo reivindicar el descanso, el ocio y los vínculos afectivos no como lujos, sino como pilares fundamentales de la salud mental. Reconocer que nuestra valía como seres humanos es independiente de nuestra lista de tareas pendientes, es el primer paso para sanar nuestra relación con el trabajo y recuperar nuestra libertad personal.

Si tu o alguien cercano experimenta dificultad para desconectar del trabajo, trabaja compulsivamente a pesar de las consecuencias negativas, o siente que el trabajo ha invadido todas las áreas de su vida, es importante buscar ayuda profesional .

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Firmado por Psiquiatría Departamento de Psiquiatría