¿Cómo transitar el duelo?

“La tarea del duelo no consiste en olvidar a la persona fallecida, sino en encontrar un lugar para ella en la propia vida y seguir viviendo” - William Worden

¿Qué es el duelo?

Perder a una persona importante es una de las experiencias más dolorosas que podemos vivir. Cuando alguien a quien queremos fallece, no solo desaparece su presencia física. También desaparecen las conversaciones cotidianas, los planes compartidos, las rutinas, los abrazos, los proyectos de futuro y la sensación de seguridad que esa persona nos proporcionaba.

En cierto modo, también sentimos que perdemos una parte de nosotros mismos, aquella que se construyó y existió en relación con esa persona.
El duelo es la respuesta natural que aparece ante una pérdida significativa. No es una enfermedad, ni un signo de debilidad, ni un problema psicológico que haya que eliminar. Es un proceso psicológico, emocional y físico que nos ayuda, poco a poco, a adaptarnos a una realidad diferente.

Aunque resulte doloroso, el duelo cumple una función importante: permitirnos integrar la pérdida y reconstruir nuestra vida sin olvidar a quien ya no está.

¿Por qué duele tanto perder a un ser querido?

El dolor del duelo está relacionado con el vínculo afectivo que habíamos construido con esa persona. Cuanto más importante era su presencia en nuestra vida, mayor suele ser el impacto emocional de su ausencia.

Las personas significativas forman parte de nuestra identidad. Compartimos con ellas recuerdos, hábitos, ilusiones y una manera concreta de entender el mundo. Cuando fallecen, no solo perdemos a alguien, sino también una forma de vivir nuestro día a día.

Por eso, el duelo no consiste únicamente en afrontar la muerte de un ser querido, sino también en aprender a vivir sin su presencia física mientras mantenemos un vínculo emocional con su recuerdo.

Cada proceso de duelo es único

Cada proceso de duelo es diferente porque cada relación también lo fue. No existen tiempos establecidos ni una única forma correcta de vivir este proceso.

Hay personas que necesitan hablar constantemente de quien ha fallecido, mientras que otras prefieren guardar silencio durante un tiempo. Algunas lloran con facilidad y otras apenas pueden hacerlo durante meses. Algunas buscan compañía y otras necesitan momentos de soledad.

Todas estas formas de vivir el duelo pueden ser normales. Compararnos con otras personas o pensar que "deberíamos estar mejor" solo añade más sufrimiento. Cada persona necesita recorrer este camino a su propio ritmo.

4 síntomas del duelo: qué es normal sentir

El duelo afecta mucho más que a nuestras emociones. También puede manifestarse a nivel físico, emocional, cognitivo y conductual:

1. Síntomas emocionales

Es habitual experimentar tristeza, rabia, culpa, miedo, ansiedad, nostalgia o una profunda sensación de vacío. Las emociones pueden cambiar incluso varias veces a lo largo del mismo día. Es frecuente pasar del llanto a la calma o sentir pequeños momentos de bienestar seguidos de una intensa tristeza.

2. Síntomas físicos

Muchas personas presentan cansancio, falta de energía, alteraciones del sueño, cambios en el apetito, opresión en el pecho, dificultad para respirar profundamente o tensión muscular. Estas manifestaciones suelen formar parte del proceso de duelo y, en la mayoría de los casos, disminuyen conforme la persona va adaptándose a la pérdida.

3. Síntomas cognitivos

La dificultad para concentrarse, los olvidos, la sensación de confusión o los pensamientos repetitivos sobre lo ocurrido también son frecuentes. Incluso algunas personas creen escuchar la voz de quien ha fallecido o sienten durante un instante que va a entrar por la puerta de casa. Estas experiencias pueden aparecer durante los primeros meses y, por sí solas, no significan que exista un problema psicológico.

4. Cambios en el comportamiento

Es habitual perder el interés por actividades que antes resultaban agradables, reducir el contacto social o necesitar más tiempo de descanso. Poco a poco, respetando el propio ritmo, la mayoría de las personas recuperan el interés por su vida cotidiana.

Las etapas del duelo: una guía para comprender lo que sentimos

Aunque el duelo no sigue un camino lineal, muchas personas atraviesan diferentes experiencias emocionales que pueden ayudarnos a comprender lo que estamos viviendo. Es importante recordar que estas etapas no siempre aparecen en este orden. Podemos avanzar, retroceder o experimentar varias al mismo tiempo.

La negación: cuando la mente necesita tiempo

Tras una pérdida importante es frecuente experimentar una sensación de irrealidad.
Es posible pensar: "Esto no puede estar pasando" o esperar, durante unos segundos, que la persona vuelva a aparecer. La negación actúa como un mecanismo de protección que amortigua el impacto emocional inicial y permite que nuestro cerebro vaya asimilando poco a poco una realidad muy dolorosa.

¿Cómo afrontar esta etapa?

Puede resultar útil:

  • Aceptar la realidad a nuestro propio ritmo
  • Compartir lo ocurrido con familiares o personas de confianza
  • Mantener pequeñas rutinas que aporten estructura y estabilidad
  • Evitar exigirnos sentir o actuar de una determinada manera

La ira: dar espacio al enfado

Cuando el impacto inicial disminuye, es frecuente que aparezca la rabia. Podemos enfadarnos con la vida, con los médicos, con nosotros mismos o incluso con la persona que ha fallecido por habernos dejado.

Aunque esta emoción suele generar culpa, en realidad es una forma de expresar la impotencia que sentimos ante una situación que no podemos cambiar.

¿Cómo gestionar la ira?

Reconocer el enfado sin juzgarlo es el primer paso. También puede ayudar expresar las emociones mediante la escritura, la conversación con personas de confianza, el ejercicio físico o el acompañamiento psicológico.

La negociación: el peso de los "¿y si…?"

Muchas personas comienzan a revisar mentalmente todo lo ocurrido:

  • "¿Y si hubiéramos ido antes al médico?"
  • "¿Y si hubiera estado allí?"
  • "¿Y si hubiera hecho algo diferente?"

Estos pensamientos aparecen porque nuestra mente intenta encontrar una explicación o recuperar una sensación de control frente a una realidad irreversible.

¿Cómo manejar estos pensamientos?

Es útil identificar cuándo aparecen y preguntarnos si realmente teníamos la capacidad de controlar lo sucedido.

Escribir estos pensamientos o compartirlos con alguien de confianza suele disminuir su intensidad emocional y reducir la culpa.

La tristeza: permitir que el dolor tenga su espacio

Con el paso de las semanas, la ausencia se hace cada vez más evidente.
Aparecen la nostalgia, el vacío, el llanto, la dificultad para concentrarse o la sensación de que nada volverá a ser igual.

Aunque resulta muy incómoda, la tristeza cumple una función esencial: elaborar la pérdida.
Intentar evitarla o reprimirla suele prolongar el sufrimiento. Permitirse sentir el dolor no significa quedarse atrapado en él, sino darle el espacio necesario para que, con el tiempo, pueda transformarse.

¿Qué puede ayudar durante esta etapa?

Es recomendable:

  • Permitirse llorar cuando aparezca la necesidad
  • Mantener hábitos básicos de autocuidado, como descansar y alimentarse adecuadamente
  • Buscar apoyo en personas significativas
  • Crear pequeños rituales para recordar a la persona fallecida, como escribirle una carta, visitar un lugar especial o mirar fotografías compartidas

Cada una de estas acciones puede favorecer la elaboración del duelo y ayudarnos a mantener un vínculo saludable con el recuerdo de quien ya no está.

La aceptación: aprender a seguir viviendo

La aceptación suele ser una de las etapas más malinterpretadas del duelo. Aceptar no significa olvidar, dejar de querer o que la pérdida deje de doler. Tampoco significa que debamos dejar atrás a la persona fallecida.

Aceptar significa reconocer que esa persona ya no está físicamente y comenzar a construir una vida en la que el recuerdo tenga un lugar, pero el dolor no ocupe todo el espacio.

Con el tiempo, muchas personas descubren que es posible volver a disfrutar, ilusionarse y construir nuevos proyectos sin que ello implique traicionar el recuerdo de quien ha fallecido.

¿Cómo avanzar hacia la aceptación?

Puede ayudar recuperar actividades que antes resultaban satisfactorias, retomar proyectos personales y permitirnos vivir nuevas experiencias sin sentir culpa.

El vínculo con la persona fallecida puede mantenerse a través de recuerdos, tradiciones familiares, conversaciones sobre ella o pequeños gestos llenos de significado. Recordar no impide avanzar; al contrario, puede convertirse en una forma saludable de integrar la pérdida.

¿Cuánto dura un duelo?

Esta es una de las preguntas más frecuentes cuando hablamos de cómo afrontar un duelo.
La realidad es que no existe un tiempo exacto para superar un duelo. Cada persona necesita un ritmo diferente, ya que influyen factores como el tipo de relación con la persona fallecida, las circunstancias del fallecimiento, la historia personal, las pérdidas vividas anteriormente o el apoyo social disponible.

Durante los primeros meses es habitual que el dolor sea especialmente intenso. Con el paso del tiempo, la mayoría de las personas consiguen integrar la pérdida y recuperar progresivamente su bienestar.

Sin embargo, determinadas fechas, como aniversarios, cumpleaños, vacaciones o celebraciones familiares, pueden reactivar la tristeza incluso años después. Esto no significa que el duelo haya retrocedido, sino que el vínculo afectivo sigue formando parte de nuestra historia.

Más que preguntarnos cuánto dura un duelo, resulta más útil observar si poco a poco vamos recuperando la capacidad de disfrutar, relacionarnos con los demás, tomar decisiones y continuar desarrollando nuestro proyecto de vida.

¿Cuándo acudir a un psicólogo para afrontar un duelo?

Aunque el duelo es un proceso natural, en ocasiones puede resultar especialmente intenso o prolongado.

Buscar ayuda psicológica no significa que estemos gestionando mal la pérdida. Al contrario, supone darnos la oportunidad de contar con un espacio seguro donde expresar lo que sentimos, comprender nuestras emociones y aprender recursos para afrontar este momento.

Puede ser recomendable acudir a un psicólogo especializado en duelo cuando:

  • El sufrimiento impide mantener las actividades cotidianas
  • Existe un aislamiento social importante
  • Aparecen sentimientos persistentes de desesperanza o culpa
  • La intensidad del dolor no disminuye con el paso del tiempo
  • Sentimos que no disponemos de recursos para afrontar la pérdida

El acompañamiento psicológico permite comprender mejor las emociones, favorecer la adaptación a la nueva realidad y prevenir que el duelo pueda complicarse.

Pedir ayuda no es un signo de debilidad. En muchas ocasiones, contar con un profesional facilita recorrer este proceso con mayor seguridad y menor sufrimiento.

Aprender a convivir con la ausencia

Acompañar un duelo no consiste en dejar de echar de menos a quien hemos perdido.
Consiste en aprender a convivir con la ausencia de una manera que nos permita seguir viviendo con sentido, integrando esa experiencia en nuestra historia sin que el dolor ocupe todo el espacio.

Con el tiempo, el recuerdo deja de estar asociado únicamente al sufrimiento y comienza a convivir con momentos de gratitud, cariño y aprendizaje. La persona fallecida seguirá teniendo un lugar importante en nuestra vida, pero ya no impedirá que podamos seguir construyendo nuevas experiencias.

Cada proceso es diferente y merece ser vivido con respeto, sin comparaciones y sin exigencias innecesarias.

En Iterias te acompañamos en tu proceso de duelo

En Iterias sabemos que cada proceso de duelo es único y que cada persona necesita un ritmo diferente para afrontar la pérdida.

Por ello, ofrecemos un espacio terapéutico seguro, cercano y profesional donde puedas expresar tus emociones sin sentirte juzgado, comprender lo que estás viviendo y encontrar herramientas para afrontar este proceso.

Nuestro objetivo es acompañarte para que el dolor pueda transformarse, poco a poco, en un recuerdo integrado en tu historia de vida, permitiéndote avanzar sin renunciar al vínculo con la persona que has perdido.

Si estás atravesando una pérdida de un ser querido y sientes que necesitas apoyo, en Iterias estaremos encantados de acompañarte en este camino desde la cercanía, el respeto y la evidencia psicológica.

Bibliografía

  • Kübler-Ross, E., & Kessler, D. (2014). Sobre el duelo y el dolor. Luciérnaga
  • Neimeyer, R. A. (2016). Aprender de la pérdida. Una guía para afrontar el duelo. Paidós
  • Worden, J. W. (2018). El tratamiento del duelo: Asesoramiento psicológico y terapia (5.ª ed.). Paidós
Ana Maria Urbano psicologa Iterias Paseo de la Castellana
Firmado por Ana María Urbano Psicóloga general sanitaria

El tiempo psicológico de las catástrofes

Las grandes catástrofes obligan a responder a muchas necesidades al mismo tiempo. Durante los primeros días, la prioridad es proteger la vida, atender a las personas heridas, localizar a quienes permanecen desaparecidos y ofrecer los recursos materiales imprescindibles para afrontar la emergencia. La atención psicológica también forma parte de ese momento, pero sus objetivos son necesariamente distintos de los que aparecerán más adelante.

Las necesidades psicológicas cambian con el tiempo

Las necesidades psicológicas no permanecen estables a lo largo del proceso. Cambian.
Mientras la amenaza sigue presente, gran parte de los recursos de la persona están dirigidos a responder a lo inmediato. Sobrevivir, proteger a los demás, tomar decisiones o adaptarse a una realidad que cambia por momentos deja poco espacio para elaborar lo ocurrido. Eso no significa que el impacto psicológico no exista. Significa que el organismo tiene otras prioridades.

Con el paso de los días o las semanas empiezan a aparecer necesidades diferentes. Muchas personas toman entonces conciencia de la magnitud de lo ocurrido o descubren que la ansiedad, la culpa o las dificultades para dormir persisten cuando la situación objetiva ya ha cambiado. No se trata de fases rígidas ni de una secuencia que todas las personas recorran de la misma manera. Se trata de comprender que las necesidades psicológicas evolucionan, igual que lo hace la propia situación.

El impacto también alcanza a quienes están lejos

Este proceso no afecta únicamente a quienes han vivido la catástrofe en primera persona. También alcanza, desde una realidad completamente distinta, a familiares que viven en otros países, a personas que permanecen durante días sin noticias de los suyos o a quienes siguen organizando su vida desde España mientras una parte importante de su mundo continúa desarrollándose en el lugar afectado.

Las experiencias no son comparables y es un error tratarlas como si lo fueran. Sin embargo, comparten algunos procesos psicológicos que merecen atención. La incertidumbre prolongada, la sensación de impotencia, la imposibilidad de ayudar directamente o la necesidad de mantener una vigilancia constante sobre lo que está ocurriendo pueden convertirse en fuentes importantes de desgaste emocional, incluso cuando no ha existido una exposición directa al peligro.

La incertidumbre mantiene el estado de alerta

Una de las dificultades de estas situaciones es que las personas suelen preguntarse si lo que están sintiendo "es normal". La respuesta depende menos de la intensidad de la reacción que del momento en el que se encuentra cada una y de las circunstancias que está viviendo. No responde igual quien ha tenido que huir de su casa, quien desconoce todavía el paradero de un familiar o quien intenta continuar con su vida en España mientras permanece pendiente, casi de forma permanente, de las noticias que llegan desde su país de origen.

La incertidumbre merece una atención especial. Desde la psicología sabemos que la incertidumbre prolongada constituye una de las experiencias más difíciles de regular porque mantiene abierto el sistema de amenaza. Cuando no existe una respuesta clara —si una persona está a salvo, si podrá regresar a casa, si volverá a ver a sus seres queridos o cuándo terminará una situación excepcional— resulta muy difícil que el organismo reduzca el estado de alerta. La necesidad de consultar constantemente las noticias, revisar el teléfono o buscar información una y otra vez suele responder precisamente al intento de recuperar una sensación de control que, en ese momento, apenas existe.

Vivir entre dos realidades

Quienes permanecen lejos suelen enfrentarse, además, a una experiencia especialmente difícil: la sensación de que la vida continúa aquí mientras se ha detenido allí. Esa distancia no solo genera preocupación. También modifica la manera de relacionarse con el día a día.

Hay decisiones que dejan de parecer importantes, conversaciones que cuesta sostener, momentos de disfrute que generan culpa o una dificultad constante para sentirse realmente presente en aquello que se está haciendo. No porque la persona quiera vivir pendiente de la catástrofe, sino porque una parte de ella sigue organizada alrededor de lo que ocurre a miles de kilómetros.

Cuándo conviene buscar apoyo psicológico

Este tipo de reacciones no indican necesariamente la presencia de un trastorno psicológico. En la mayoría de los casos forman parte de la respuesta esperable ante una situación extraordinaria. Sin embargo, conviene prestar atención a su evolución. Cuando el estado de alerta se mantiene durante semanas, la ansiedad aumenta, aparecen dificultades importantes para dormir, la sensación de amenaza no disminuye o la persona empieza a perder capacidad para desenvolverse en su vida cotidiana, puede resultar recomendable solicitar apoyo psicológico .

Ese acompañamiento tampoco persigue los mismos objetivos en todos los momentos. Durante la emergencia suele orientarse a favorecer la regulación emocional, facilitar la toma de decisiones y fortalecer los recursos disponibles para afrontar una situación de enorme exigencia. Más adelante, cuando la realidad empieza a estabilizarse, el trabajo suele dirigirse hacia otros aspectos: elaborar las pérdidas, reconstruir la sensación de seguridad, integrar lo vivido y adaptarse a una realidad que, en muchos casos, ya no volverá a ser la misma.

Comprender el tiempo psicológico para acompañar mejor

La atención psicológica no debería entenderse únicamente como una intervención de urgencia. Las consecuencias emocionales de una catástrofe no siguen un calendario único ni aparecen todas al mismo tiempo. Igual que las necesidades materiales cambian a medida que avanza la recuperación, también cambian las necesidades psicológicas. Comprender esa evolución permite ofrecer una ayuda más ajustada y respetuosa con el momento que atraviesa cada persona.

Desde Iterias queremos trasladar nuestro apoyo a todas las personas que están viviendo esta situación, tanto a quienes se encuentran directamente afectados como a quienes la atraviesan desde la distancia con la preocupación constante por sus seres queridos. Nuestro reconocimiento también a los profesionales y voluntarios que, desde distintos ámbitos, están acompañando a la población en un momento de enorme complejidad.

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Firmado por Gabriela Hernández Psicóloga clínica y psicoterapeuta

¿Por qué entender lo que te ocurre no siempre produce un cambio psicológico?

Existe cierta idea sobre el cambio psicológico que rara vez se cumple en la práctica: si una persona entiende suficientemente bien lo que le ocurre, tarde o temprano acabará cambiando.

La distancia entre saber y cambiar

A primera vista, esta idea parece lógica. Si comprendemos el origen de nuestros problemas, identificamos los patrones que nos hacen sufrir y somos conscientes de aquello que nos bloquea, lo razonable sería pensar que el siguiente paso consiste simplemente en actuar de manera diferente. Sin embargo, la experiencia clínica demuestra que el proceso de cambio psicológico es mucho más complejo.

En psicoterapia es habitual encontrar personas que poseen un elevado grado de autoconocimiento. Saben qué situaciones les generan ansiedad, identifican patrones emocionales que se repiten en sus relaciones y son capaces de explicar con bastante precisión cómo determinadas experiencias del pasado han influido en su forma de pensar, sentir y actuar. A pesar de ello, continúan experimentando las mismas dificultades una y otra vez.

Pueden reconocer que les cuesta poner límites, que priorizan constantemente las necesidades de los demás, que buscan aprobación de forma excesiva o que evitan determinados conflictos por miedo al rechazo. Lo saben. Lo explican. Incluso pueden analizarlo con detalle. Sin embargo, siguen sintiendo que no logran producir el cambio que desean.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué el autoconocimiento no siempre se traduce en transformación? ¿Por qué comprender nuestros problemas emocionales no garantiza que desaparezcan?

La respuesta tiene mucho que ver con la diferencia entre comprender algo intelectualmente y experimentar un verdadero insight psicológico.

Comprender un problema no es lo mismo que transformarlo

Uno de los errores más frecuentes al hablar de salud mental consiste en asumir que comprender un problema equivale a resolverlo.

Comprender implica poder explicar una situación. Es la capacidad de identificar causas, reconocer patrones y construir una narrativa coherente sobre lo que ocurre. Gracias al autoconocimiento, una persona puede llegar a entender perfectamente por qué actúa de determinada manera o por qué determinadas situaciones le generan malestar.

Sin embargo, el insight psicológico va más allá de la simple comprensión intelectual.
El insight no consiste únicamente en adquirir información nueva, sino en relacionarse de una forma diferente con algo que ya se sabía. Supone una transformación en la manera de percibir una experiencia, una emoción o un conflicto.

Por eso una persona puede llevar años afirmando que evita el conflicto, que le cuesta pedir ayuda o que necesita sentirse validada por los demás sin que ese conocimiento genere cambios significativos en su vida cotidiana.

La información está disponible. El problema no es la falta de conocimiento. Lo que todavía no ha cambiado es el significado profundo que esa experiencia tiene dentro de su organización psicológica. En muchas ocasiones, el cambio emocional comienza precisamente cuando algo que se entendía de forma racional empieza a sentirse de manera diferente.

El momento en que aparece el insight psicológico

El insight suele producirse cuando una explicación deja de ser únicamente correcta y empieza a tener consecuencias personales.

Por ejemplo, una persona puede llevar años describiéndose como alguien extremadamente independiente. Puede sentirse orgullosa de no necesitar ayuda y considerar esa autosuficiencia una característica positiva de su personalidad.

Sin embargo, durante el proceso terapéutico puede descubrir que esa independencia no siempre fue una elección consciente. Tal vez fue una estrategia desarrollada en un contexto donde depender de otros generaba decepción, inseguridad o dolor. En ese momento se produce un cambio importante.

Lo que antes parecía una característica estable de la personalidad empieza a entenderse como una adaptación. Lo que se percibía como una forma de ser comienza a verse también como una forma de protegerse.

Este tipo de descubrimientos suelen tener un impacto mucho mayor que una simple explicación racional porque modifican la forma en que la persona se relaciona consigo misma.

El insight psicológico aparece cuando dejamos de observar nuestros comportamientos únicamente como rasgos personales y comenzamos a comprender las funciones emocionales que han cumplido a lo largo de nuestra historia.

Los patrones emocionales suelen tener una función

Cuando hablamos de problemas emocionales, es habitual centrarnos exclusivamente en las consecuencias negativas que generan.

Sin embargo, muchas de las conductas que actualmente producen sufrimiento tuvieron en algún momento una función adaptativa.

Algunos ejemplos frecuentes son:

  • Adaptarse constantemente a las necesidades de los demás
  • Evitar conflictos incluso cuando algo resulta injusto
  • Ocultar emociones para no preocupar o incomodar
  • Responsabilizarse de problemas que no corresponden
  • Intentar hacerlo todo de forma perfecta
  • Priorizar siempre el bienestar ajeno sobre el propio

Estas conductas rara vez aparecen por casualidad. En muchos casos fueron estrategias que ayudaron a mantener relaciones importantes, reducir situaciones de amenaza emocional o conseguir aceptación dentro del entorno.

Por ejemplo, alguien que aprendió desde pequeño a no generar problemas puede haber descubierto que mostrar determinadas emociones provocaba rechazo o incomodidad en las personas de las que dependía. Como consecuencia, desarrolló una gran capacidad para adaptarse a los demás y ocultar sus propias necesidades. Durante años esa estrategia pudo resultar eficaz.

El problema surge cuando aquello que en el pasado ayudó a sobrevivir emocionalmente continúa funcionando de manera automática en el presente, incluso cuando ya no resulta necesario.

Cuando las estrategias de protección se convierten en identidad

Uno de los motivos por los que el cambio psicológico puede resultar tan difícil es que muchas estrategias terminan integrándose en la identidad personal.

Con el paso del tiempo dejamos de percibir ciertos comportamientos como adaptaciones y empezamos a considerarlos una parte esencial de quienes somos.

Algunas identidades psicológicas muy frecuentes son:

  • La persona que siempre cuida de los demás
  • La que nunca necesita ayuda
  • La que puede con todo
  • La que siempre está disponible
  • La que evita cualquier conflicto
  • La que se adapta constantemente
  • La que nunca decepciona a nadie
  • La que mantiene todo bajo control

Estos roles proporcionan una sensación de estabilidad y coherencia. Ayudan a responder preguntas fundamentales sobre quiénes somos y cuál es nuestro lugar dentro de las relaciones.

Por eso cambiar no implica únicamente modificar una conducta y, en muchas ocasiones, supone revisar creencias profundamente arraigadas sobre uno mismo.

Cuando una persona que siempre se ha definido como fuerte empieza a permitirse ser vulnerable, no solo está cambiando un comportamiento, sino que también está transformando una parte importante de su identidad, y eso puede generar miedo, incertidumbre y resistencia.

La resistencia al cambio no siempre significa falta de voluntad

La llamada resistencia al cambio es uno de los conceptos más malinterpretados dentro de la psicología.

Desde fuera puede parecer que una persona se aferra a aquello que le hace sufrir o que no tiene suficiente motivación para mejorar. Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja, ya que muchas veces lo que se intenta modificar sigue proporcionando beneficios psicológicos importantes.

Por ejemplo:

  • Evitar conflictos puede generar una sensación temporal de seguridad
  • Buscar aprobación puede ofrecer reconocimiento y pertenencia
  • No pedir ayuda puede proteger frente a posibles decepciones
  • Mantener el control puede reducir la ansiedad y la incertidumbre

Lo que muchas veces se esconde detrás de la resistencia al cambio

  • Miedo a decepcionar a otras personas
  • Temor a perder vínculos importantes
  • Inseguridad ante una identidad diferente
  • Necesidad de mantener una sensación de control
  • Dificultad para tolerar la incertidumbre
  • Miedo a sentirse vulnerable

Cuando observamos la situación desde esta perspectiva, la resistencia deja de parecer irracional y empieza a entenderse como un intento de proteger algo valioso.

La persona quiere dejar atrás aquello que le hace sufrir, pero al mismo tiempo teme perder algo que durante años le ha proporcionado estabilidad emocional.

No existe un deseo consciente de seguir sufriendo. Lo que existe es el miedo a renunciar a mecanismos que han resultado importantes para mantener el equilibrio psicológico.

Comprender esta ambivalencia es fundamental tanto para quienes realizan terapia psicológica como para quienes acompañan a alguien en su proceso de cambio.

El papel de la psicoterapia en el cambio psicológico

Uno de los principales objetivos de la psicoterapia consiste en ayudar a comprender qué función siguen cumpliendo determinados patrones emocionales en el presente.

Desde esta perspectiva, los síntomas, los bloqueos y las repeticiones dejan de verse exclusivamente como problemas que deben eliminarse. También empiezan a entenderse como intentos de adaptación.

La pregunta deja de ser únicamente ¿cómo puedo dejar de hacer esto? para transformarse en algo más profundo:

¿Qué necesidad está intentando cubrir este comportamiento?

Cuando una persona comprende las funciones que cumplen sus estrategias emocionales, puede empezar a desarrollar alternativas más flexibles y ajustadas a su situación actual. Este proceso no suele producirse mediante consejos rápidos ni a través de simples decisiones de voluntad.

Requiere tiempo, reflexión, experiencia emocional y un espacio seguro donde explorar aspectos de uno mismo que muchas veces permanecen fuera de la conciencia habitual.
Por eso la terapia psicológica no se limita a proporcionar explicaciones, sino que también busca generar nuevas experiencias que permitan modificar formas de relación profundamente arraigadas.

Cómo se produce realmente el cambio emocional

La cultura popular suele representar el cambio como una gran revelación o una transformación repentina.

Sin embargo, la mayoría de los cambios psicológicos importantes ocurren de manera gradual.

Señales de que el cambio psicológico está comenzando

  • Expresar necesidades que antes se ocultaban
  • Poner límites donde antes predominaba la complacencia
  • Pedir ayuda sin sentir tanta culpa
  • Tolerar emociones difíciles sin evitarlas inmediatamente
  • Tomar decisiones menos condicionadas por el miedo
  • Relacionarse de forma más auténtica con los demás
  • Aceptar la propia vulnerabilidad

Aunque estos cambios puedan parecer pequeños desde fuera, suelen representar transformaciones muy significativas para quien los experimenta.

Cada nueva respuesta amplía el repertorio de posibilidades psicológicas. Cada decisión menos condicionada por el miedo, la culpa o la necesidad de aprobación representa una pequeña transformación. Y la suma de estas transformaciones es lo que acaba produciendo cambios profundos y duraderos.

Ideas clave para recordar

  1. Comprender un problema no siempre implica resolverlo
  2. El insight psicológico va más allá del conocimiento intelectual
  3. Muchos patrones emocionales fueron útiles en algún momento de la vida
  4. Las estrategias de protección pueden convertirse en parte de la identidad
  5. La resistencia al cambio suele estar relacionada con la necesidad de preservar seguridad o estabilidad
  6. La psicoterapia ayuda a comprender estas dinámicas y desarrollar nuevas formas de relacionarse con uno mismo
  7. El cambio psicológico suele producirse de manera gradual, no mediante transformaciones repentinas

Entre saber y cambiar existe un espacio fundamental

La psicoterapia no consiste únicamente en comprender por qué ocurre algo, también busca crear las condiciones necesarias para que determinadas experiencias puedan vivirse de una manera diferente.

El autoconocimiento es un punto de partida imprescindible. Comprender nuestros patrones emocionales, identificar el origen de ciertos conflictos y reconocer cómo hemos aprendido a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás constituye una parte fundamental del proceso.

Sin embargo, el conocimiento por sí solo rara vez basta. Entre saber algo sobre uno mismo y poder vivirlo de otra manera existe una distancia considerable.

Es precisamente en ese espacio donde ocurre gran parte del cambio psicológico.
Un espacio donde las explicaciones dejan de ser únicamente intelectuales, donde las estrategias automáticas empiezan a flexibilizarse y donde aparecen nuevas formas de relacionarse con las emociones, con los demás y con uno mismo.

En última instancia, el verdadero cambio no consiste solamente en entender quiénes somos. Consiste en ampliar nuestra capacidad para elegir cómo queremos vivir, incluso cuando durante mucho tiempo hemos sentido que no existían otras alternativas.

Y es precisamente ahí donde la psicoterapia puede convertirse en una herramienta valiosa para promover el bienestar emocional, favorecer el crecimiento personal y construir formas de vida más libres y coherentes con nuestras necesidades reales.

Foto de Gabriela Hernández
Firmado por Gabriela Hernández Psicóloga clínica y psicoterapeuta

Burnout: cuando el trabajo te desgasta

¿Qué es el burnout y por qué debemos prestarle atención?

El burnout o síndrome de desgaste profesional es una condición psicológica que surge como consecuencia de la exposición prolongada al estrés laboral crónico. No se trata simplemente de estar cansado después de una semana intensa de trabajo, sino de un proceso gradual de agotamiento que afecta de manera profunda el bienestar emocional, físico y mental de la persona.

Este fenómeno fue descrito ampliamente por las investigadoras Christina Maslach y Susan Jackson (1981), quienes lo definieron a través de tres dimensiones fundamentales: agotamiento emocional, despersonalización o cinismo, y una disminución de la realización personal en el trabajo. En otras palabras, la persona comienza sintiéndose exhausta, posteriormente desarrolla una actitud distante o negativa hacia su labor y, finalmente, percibe que su trabajo ha perdido significado o valor.

Aunque cualquier trabajador puede experimentar burnout, ciertos sectores presentan una mayor vulnerabilidad. Entre ellos destacan los profesionales sanitarios, docentes, trabajadores sociales, psicólogos y otros perfiles que desempeñan funciones de cuidado o atención a personas. Según Leiter y Schaufeli (1996), aquellas profesiones caracterizadas por una elevada demanda emocional suelen mostrar mayores niveles de desgaste profesional.

La relevancia de este fenómeno ha crecido tanto en las últimas décadas que la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoció oficialmente el burnout como un fenómeno ocupacional. Este reconocimiento supone un cambio importante de perspectiva: el problema no reside únicamente en las capacidades individuales para gestionar el estrés, sino también en las condiciones laborales y organizativas que favorecen su aparición.

El origen del burnout: cuando las demandas superan a los recursos

El burnout no aparece de un día para otro. Generalmente es el resultado de un desequilibrio sostenido entre las exigencias del trabajo y los recursos disponibles para afrontarlas.

Entre los principales factores de riesgo laborales encontramos las agendas saturadas, la sobrecarga de tareas prolongada en el tiempo, las jornadas extensas sin descanso suficiente, la presión por alcanzar objetivos exigentes y la falta de control sobre las propias responsabilidades. Cuando una persona siente que trabaja constantemente bajo presión y sin capacidad para influir en las decisiones que afectan a su desempeño, aumenta significativamente el riesgo de agotamiento.

También influyen otros elementos organizacionales como la ambigüedad de rol, es decir, no tener claro qué se espera exactamente del puesto de trabajo, la falta de reconocimiento por los esfuerzos realizados, la ausencia de oportunidades de desarrollo profesional, los conflictos entre compañeros o superiores y la inseguridad laboral derivada de contratos precarios o situaciones económicas inestables.

En muchos casos, el trabajador continúa funcionando durante meses o incluso años bajo estas condiciones, adaptándose progresivamente al malestar hasta que aparecen síntomas más evidentes de desgaste. Por ello, resulta fundamental entender el burnout como un proceso acumulativo y no como una reacción puntual.

Factores personales que pueden aumentar la vulnerabilidad

Aunque las condiciones laborales desempeñan un papel central, existen ciertas características personales que pueden aumentar la susceptibilidad al burnout.

Las personas con elevados niveles de perfeccionismo suelen establecer estándares extremadamente altos para sí mismas. Esto puede llevarlas a dedicar más tiempo y energía de la necesaria a cada tarea, experimentando una sensación constante de que nunca es suficiente. Del mismo modo, la autoexigencia excesiva favorece la aparición de sentimientos de culpa cuando no se alcanzan determinadas expectativas.

Otro factor frecuente es la dificultad para delegar responsabilidades. Algunas personas asumen una gran cantidad de trabajo porque consideran que nadie más podrá hacerlo correctamente o porque temen ser percibidas como incompetentes si solicitan ayuda.
Asimismo, existe un mayor riesgo cuando la identidad personal está excesivamente ligada al rol profesional. Cuando el trabajo se convierte en la principal fuente de autoestima y reconocimiento, cualquier dificultad laboral puede sentirse como una amenaza directa al valor personal.

La incapacidad para establecer límites saludables también contribuye al problema. Responder correos fuera del horario laboral, aceptar continuamente nuevas responsabilidades o renunciar al tiempo de descanso son conductas que, mantenidas en el tiempo, pueden favorecer el desgaste emocional.

El papel del entorno social

El burnout no depende únicamente del individuo ni de la organización. El entorno social también ejerce una influencia importante.

Las personas que cuentan con redes de apoyo sólidas suelen disponer de mayores recursos para afrontar las dificultades laborales. Poder compartir preocupaciones con familiares, amigos o compañeros de confianza actúa como un factor protector frente al estrés.

Por el contrario, el aislamiento social, las dificultades para conciliar la vida laboral y personal o la falta de espacios para el ocio y el descanso aumentan la vulnerabilidad al agotamiento. A esto se suman situaciones de presión económica, responsabilidades familiares intensas o contextos de crisis que pueden incrementar significativamente la carga emocional.

Cuando el trabajo ocupa progresivamente todo el espacio disponible en la vida de una persona, disminuyen las oportunidades de recuperación psicológica. Esto dificulta la capacidad del organismo para compensar el estrés acumulado y favorece la aparición del burnout.

Señales de alerta: cómo reconocer el desgaste profesional

Identificar los primeros síntomas resulta fundamental para prevenir consecuencias más graves:

1. Fatiga persistente

La persona siente que descansa, pero no recupera realmente la energía. Actividades que antes realizaba con facilidad comienzan a percibirse como agotadoras.

2. Irritabilidad creciente, impaciencia o una menor tolerancia a situaciones cotidianas

A nivel cognitivo son frecuentes las dificultades de concentración, los olvidos, la disminución de la productividad y la sensación de estar constantemente saturado.

3. Pérdida progresiva de interés por el trabajo

Lo que anteriormente generaba motivación o satisfacción comienza a producir indiferencia, frustración o incluso rechazo. Algunas personas desarrollan una actitud cínica hacia sus responsabilidades o hacia las personas con las que trabajan.

4. Problemas de sueño

Ya sea por dificultades para conciliar el sueño, despertares frecuentes o sensación de descanso insuficiente. Además, pueden aparecer pensamientos recurrentes relacionados con abandonar el puesto de trabajo, cambiar de profesión o alejarse completamente del entorno laboral.

Si estas señales no se detectan a tiempo, el burnout puede evolucionar hacia trastornos más severos como ansiedad, depresión, problemas de salud física o abandono laboral.

El burnout en los profesionales de la salud mental

Existe un ámbito donde el desgaste profesional es especialmente frecuente y, al mismo tiempo, menos visible: la salud mental.

Psicólogos, psiquiatras, terapeutas y otros profesionales de ayuda trabajan diariamente con el sufrimiento humano. Escuchar experiencias de dolor, pérdida, trauma o conflicto emocional de manera continuada puede generar un importante impacto psicológico.

Paradójicamente, a menudo se espera que estos profesionales sepan gestionar perfectamente sus propias emociones debido a su formación. Esta expectativa puede dificultar que reconozcan sus propias necesidades o soliciten ayuda cuando comienzan a sentirse sobrepasados.

La falta de espacios de supervisión, intercambio profesional y autocuidado aumenta el riesgo de desgaste. Cuando quienes cuidan no reciben apoyo suficiente, no solo se ve afectado su bienestar personal, sino también la calidad de la atención que pueden ofrecer a las personas que acompañan.

Por este motivo, la prevención del burnout en el ámbito de la salud mental constituye una responsabilidad tanto individual como institucional.

Estrategias para prevenir el burnout

La investigación científica ha demostrado que las intervenciones más eficaces combinan acciones individuales y cambios organizacionales.

Desde el punto de vista de las organizaciones, resulta fundamental revisar las cargas de trabajo, promover horarios razonables, garantizar periodos adecuados de descanso y favorecer la participación de los trabajadores en la toma de decisiones. El reconocimiento del esfuerzo realizado y la existencia de oportunidades de desarrollo profesional también contribuyen a reducir el riesgo de desgaste.

El liderazgo desempeña un papel especialmente importante. Los responsables de equipos pueden actuar como factores protectores cuando promueven un clima laboral basado en la colaboración, el apoyo mutuo y la comunicación abierta.

A nivel individual, es recomendable desarrollar habilidades para establecer límites saludables, aprender a priorizar tareas, fomentar actividades de ocio y mantener relaciones sociales significativas fuera del trabajo. Buscar apoyo profesional cuando aparecen los primeros síntomas también puede ser una medida preventiva eficaz.

Una reflexión necesaria: el bienestar también es productividad

Es importante comprender que el burnout no es una señal de debilidad, falta de compromiso o insuficiente resiliencia. Se trata del resultado de un desequilibrio prolongado entre las demandas que afronta una persona y los recursos disponibles para responder a ellas.

Reconocer esta realidad implica cuestionar la cultura que normaliza la sobrecarga, glorifica el exceso de trabajo y considera el agotamiento como una prueba de dedicación profesional. Ningún sistema puede sostenerse de forma saludable si quienes lo integran trabajan constantemente al límite de sus capacidades.

Promover el bienestar laboral no es un lujo ni una cuestión secundaria. Es una condición necesaria para preservar la salud física y mental de los trabajadores, mejorar la calidad de los servicios prestados y construir organizaciones más sostenibles.

En el ámbito de la salud mental, esta reflexión adquiere una relevancia aún mayor. No es posible acompañar adecuadamente el sufrimiento de otras personas cuando quienes ofrecen ayuda están emocionalmente agotados. Cuidar a quienes cuidan es, en última instancia, una forma de cuidar a toda la sociedad.

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Firmado por Laura Reina Psiquiatra especialista en salud mental

¿Qué es el Workaholism? Más allá del éxito, un desafío de salud mental

Lo que tradicionalmente se ha visto como una "dedicación excesiva" o un "alto compromiso" está siendo reevaluado por la ciencia reciente como una adicción conductual con implicaciones clínicas severas.

¿De dónde viene la adicción al trabajo?

En la sociedad actual, la productividad y la eficiencia se han consolidado como los principales símbolos de éxito y prestigio. Desde los discursos empresariales hasta las dinámicas en redes sociales, se ensalza a menudo el sacrificio personal como el único camino hacia el logro profesional. Sin embargo, esta cultura de la hiperproductividad ha ocultado un fenómeno creciente que afecta el bienestar profundo de las personas: el workaholism o adicción al trabajo.

¿Qué es realmente el Workaholism?

El término fue acuñado originalmente en la década de los 70 por el psicólogo Wayne Oates para describir una necesidad incontrolable de trabajar. No se trata simplemente de trabajar muchas horas o de estar comprometido con la profesión. La diferencia fundamental radica en la compulsión: el workaholic experimenta una urgencia interna irresistible de trabajar que va más allá de las demandas laborales objetivas o las necesidades económicas.

Diferencias entre el workaholism y el trabajo saludable

Es crucial distinguir el workaholism del compromiso laboral saludable. Mientras que una persona comprometida con su trabajo disfruta de él y mantiene un equilibrio con otras áreas de su vida, en la adicción al trabajo destaca la pérdida de control y de libertad, la culpa al descansar y los pensamientos obsesivos. En este sentido, el trabajo deja de ser una fuente de satisfacción para convertirse en un mecanismo evitativo de regulación emocional.

Prevalencia: un problema de salud pública emergente

El workaholism no es un fenómeno marginal. Metaanálisis recientes sitúan su prevalencia global entre el 8% y el 15% de la población trabajadora. Ciertos sectores son especialmente vulnerables debido a su alta carga emocional y cultura de sacrificio, como la sanidad, la tecnología, las finanzas y la educación.

En contextos de alta competitividad y digitalización, este problema se ha convertido en un desafío de salud pública, especialmente en entornos urbanos donde la identidad personal suele estar fusionada con el rendimiento laboral.

El impacto en la salud mental y física

Las consecuencias de esta adicción son profundas y afectan múltiples dimensiones del ser humano. La literatura científica confirma una asociación robusta entre el workaholism y el deterioro psicológico.

El costo emocional suele manifestarse a través de:

  • Ansiedad y depresión: existe una correlación significativa entre la adicción al trabajo y síntomas de trastornos afectivos y de ansiedad. El riesgo de desarrollar un estado de ánimo depresivo puede duplicarse en trabajadores con alto nivel de adicción.
    Síntomas frecuentes pueden ser ataques de pánico, tensión constante y miedo a perder el control del rendimiento, sensación de vacío, desconexión y frustración ante la imposibilidad de sostener el ritmo.
  • Burnout (síndrome de desgaste): una fatiga emocional intensa acompañada de una pérdida de sentido y despersonalización.
  • Trastornos comórbidos: se ha observado que el workaholism, es más frecuente en personas con antecedentes de TDAH y trastorno obsesivo-compulsivo. Esto no significa que toda persona con adicción al trabajo, tenga un diagnóstico de TDAH o TOC.
  • Problemas somáticos: dolores musculares, cefaleas, hipertensión y alteraciones digestivas.
  • Trastornos del sueño: insomnio, pesadillas relacionadas con responsabilidades o proyectos incompletos.

Uno de los descubrimientos más relevantes de estudios recientes es el papel mediador de la privación del sueño. El workaholism conduce a una peor calidad del descanso, lo que a su vez actúa como un motor de desregulación fisiológica que agrava la ansiedad y el deterioro cognitivo. El individuo vive en un estado de activación psicofisiológica constante (hiperactivación del sistema de estrés), lo que debilita el sistema inmunológico y aumenta la vulnerabilidad a trastornos físicos.

Impacto social y familiar

A nivel relacional, el adicto al trabajo tiende a distanciarse emocionalmente de su entorno. El conflicto trabajo-familia es una de las consecuencias más devastadoras, generando resentimiento en la pareja y soledad en los hijos. La identidad queda tan vinculada al "hacer" que, cuando el rendimiento disminuye por agotamiento, el individuo descubre que ha perdido su sostén emocional básico.

5 factores de riesgo en la adicción al trabajo

El desarrollo de esta adicción es multifactorial, involucrando rasgos personales y presiones externas:

1. Rasgos de personalidad

El perfeccionismo disfuncional, la baja tolerancia al fracaso, y la necesidad de control son predisponentes clave. En algunos casos, las experiencias tempranas con figuras exigentes o afectos condicionados al logro (“me quieren si rindo”) consolidan un patrón de búsqueda constante de validación mediante el éxito.

2. Factores emocionales

El trabajo puede convertirse en una forma de evasión. Sumergirse en tareas brinda una sensación momentánea de control y propósito, pero perpetúa la desconexión emocional.

3. Neurobiología

Existe un refuerzo neurobiológico; el cerebro libera dopamina al recibir reconocimiento o cerrar tareas, creando un ciclo de dependencia similar al de otras adicciones conductuales.

4. Cultura organizacional

Muchas empresas refuerzan activamente estos patrones premiando la disponibilidad constante y las largas jornadas. La digitalización y la cultura "always-on" (siempre conectado) han difuminado los límites entre la vida privada y profesional, facilitando que el trabajo invada cada rincón del día. Las redes sociales agravan el fenómeno, mostrando historias de éxito que refuerzan la idea de que el descanso es un lujo o una debilidad.

5. Factores familiares

En muchos casos, el entorno refuerza la conducta. Familias o parejas que admiran la dedicación excesiva contribuyen a mantener la adicción, hasta que las consecuencias se vuelven evidentes.

¿Cómo detectar el Workaholism?

  • Pensamientos obsesivos sobre el trabajo, incluso fuera del horario laboral
  • Incapacidad para relajarse
  • Sentir culpa durante el ocio
  • Deterioro de la salud
  • Prolongación excesiva de jornadas
  • Dificultad para delegar tareas
  • Deterioro de las relaciones personales por priorizar el trabajo
  • Negación del problema atribuyéndolo a una supuesta "pasión profesional"

Herramientas de evaluación para la adicción al trabajo

Para los profesionales de la salud, es vital contar con instrumentos validados para identificar el problema. Los instrumentos actuales se basan en evaluar componentes como la tolerancia, el síndrome de abstinencia y el conflicto, así como diferenciar las dimensiones de trabajar excesivamente y trabajar compulsivamente. Actualmente encontramos la Bergen Work Addiction Scale (BWAS), International Work Addiction Scale (IWAS) y Dutch Work Addiction Scale (DUWAS).

Tratamiento del Workaholism

El tratamiento del Workaholism requiere un abordaje multidimensional que combine la intervención individual con cambios en el entorno laboral.

Intervenciones individuales:

  • Trabajo terapéutico: es fundamental un abordaje terapéutico integral que no solo se centre en la adicción al trabajo, si no que incluya la historia del individuo, patrones de personalidad, experiencias vividas y su situación actual.
  • Mindfulness y regulación emocional: estas prácticas han demostrado ser eficaces para reducir la compulsión y mejorar la satisfacción laboral sin disminuir el rendimiento real. Ayudan al individuo a desarrollar conciencia del momento presente, y reducir los pensamientos automáticos sobre las tareas pendientes y conductas debilitantes relacionadas con el trabajo.
  • Reestructuración del Tiempo: establecer límites físicos y digitales claros (horarios de desconexión, fines de semana sin dispositivos) es un paso esencial para la recuperación.
  • Intervención farmacológica: en casos donde existen síntomas asociados a trastornos como ansiedad, depresión, insomnio, que interfieran en el funcionamiento del individuo, puede emplearse el tratamiento farmacológico, siempre bajo supervisión médica y como parte de un plan terapéutico integral.

Responsabilidad organizacional

No basta con que el individuo cambie, las organizaciones deben promover una cultura de bienestar. Esto incluye:

  • Políticas claras sobre horarios y disponibilidad fuera del trabajo
  • Promoción de pausas regulares y uso completo de vacaciones
  • Formación para líderes sobre identificación y manejo del workaholism
  • Programas de asistencia al empleado con acceso a apoyo psicológico
  • Rediseño participativo del trabajo que enfatice las fortalezas del trabajador

Reivindicar el descanso como salud

El Workaholism es una adicción silenciosa que erosiona la salud mientras se disfraza de éxito. La evidencia científica reciente es clara: trabajar más no significa necesariamente trabajar mejor, y ciertamente no significa vivir mejor.

Es imperativo reivindicar el descanso, el ocio y los vínculos afectivos no como lujos, sino como pilares fundamentales de la salud mental. Reconocer que nuestra valía como seres humanos es independiente de nuestra lista de tareas pendientes, es el primer paso para sanar nuestra relación con el trabajo y recuperar nuestra libertad personal.

Si tu o alguien cercano experimenta dificultad para desconectar del trabajo, trabaja compulsivamente a pesar de las consecuencias negativas, o siente que el trabajo ha invadido todas las áreas de su vida, es importante buscar ayuda profesional .

Despacho luminoso con gran ventanal y butacas para sesiones de terapia
Firmado por Psiquiatría Departamento de Psiquiatría

¿Cómo mejorar mi autoestima?

Todos oímos hablar habitualmente de lo importante que es tener una buena autoestima para mejorar tanto la relación con nosotros mismos como con los demás. Pero ¿realmente qué es la autoestima y cómo podemos fortalecerla y mejorarla?

Mitos de la autoestima

Existen varios mitos en torno a la autoestima que pueden afectar negativamente a la percepción que tenemos de nosotros mismos. Uno de los más comunes es creer que tener buena autoestima significa que debemos caer bien a todo el mundo, cuando en realidad es imposible agradar siempre a todas las personas. También se suele confundir la autoestima con pensar únicamente en uno mismo, cuando tener una buena autoestima implica cuidarse sin dejar de considerar a los demás. Otro mito frecuente es aparentar que se puede con todo, asociando la fortaleza con no mostrar vulnerabilidad o pedir ayuda. Finalmente, existe la idea de que necesitamos gustar o recibir aprobación constante para sentirnos valiosos, cuando el verdadero valor personal no debería depender de la validación externa.

Pero, ¿qué es la autoestima?

La autoestima es la percepción que tenemos sobre nosotros mismos: la manera en que nos evaluamos y valoramos. Implica reconocer nuestros logros, capacidades y habilidades, pero también es el reconocimiento de nuestros defectos, así como de nuestra capacidad de confiar en nuestra capacidad de mejora si fuera posible. Se construye a partir de las experiencias, vivencias, pensamientos y emociones que acumulamos a lo largo de la vida, y que van configurando la imagen que tenemos sobre quiénes somos. 
 
Cuando decimos “yo puedo”, hablamos de sentirnos capaces de afrontar los desafíos que la vida nos presenta. Y cuando decimos “yo merezco”, nos referimos a la convicción de que tenemos derecho a vivir en paz y a ser felices. En este sentido, tener una buena autoestima o una autoestima saludable se traduce en ser alguien resiliente, en establecer relaciones más sanas, y tener una actitud de respeto hacia los demás que nace del respeto que tenemos hacia nosotros mismos/as. Por el contrario, una baja autoestima puede conducir al autosabotaje, a pensamientos limitantes, a la sensación de no merecer cosas positivas, e incluso a estados emocionales marcados por la ansiedad.

Antes de poder aprender a mejorar nuestra autoestima, es importante conocer las bases y los pilares que la sostienen: 

  • Autoconciencia: es la capacidad de reconocer que nos ocurre, qué queremos y qué no. Implica conectar con nuestro cuerpo y nuestras emociones para orientar nuestras acciones de forma coherente.
  • Autoconcepto: es la imagen que construimos sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea.
  • Autoaceptación: consiste en valorarnos tal y como somos, incluso reconociendo aquellas partes que no nos gustan o deseamos mejorar.
  • Autorresponsabilidad: implica asumir la responsabilidad de aquello que depende de nosotros mismos, en lugar de delegarlo a factores externos.
  • Autoafirmación: es la capacidad de expresar y verbalizar lo que pensamos y sentimos de manera clara y respetuosa. Cuando no lo hacemos y callamos, pueden aparecer sensaciones de no merecimiento o falta de respeto; por ello es importante dar voz a nuestras emociones y necesidades.

Recuerda que la autoestima no se construye de golpe, es algo que vas cultivando día a día y con pequeños actos.

Tips prácticos para mejorar nuestra autoestima:

  • Todos nos evaluamos constantemente. La clave está en hacerlo de forma realista, positiva y constructiva, evitando comparaciones injustas y recordando que cada persona es única. Evita compararte constantemente. Cada persona tiene ritmos distintos. Medirte a los estándares de otros es perderte tu propio proceso. Un ejercicio que se puede poner en práctica es de vez en cuando escribir de que estas orgulloso de ti mismo, anotar tres cualidades o habilidades que tengas y hayas puesto en práctica en ese mismo día. Reconocer tus logros diarios refuerza la autoeficacia y ayuda a mantener el enfoque en aquello que sí puedes lograr.
  • Aprende a parar: cuando te detienes puedes escucharte mejor, poner nombre a lo que sientes y preguntarte qué necesitas en ese momento.
  • Hablarte con respeto. Sustituye el “soy” por “estoy”. No es lo mismo decir “soy una aburrida” que “estoy aburrida”. No es lo mismo decir “soy un desastre” que decirte “estoy aprendiendo”. Sin darte cuenta estas transformando la forma en la que te percibes. Así entendemos que muchas experiencias son pasajeras, pero no nos definen de forma permanente.
  • Detecta tu voz crítica interna que te machaca y empieza a transformarla. Háblate como lo harías con alguien a quien quieres: con respeto. Practica un lenguaje contigo mismo/a amoroso y compasivo. La forma en la que te hablas crea el tono con el que te relacionas contigo mismo/a. Revisa si tus pensamientos te impulsan y te animan o te castigan. Un ejercicio práctico puede ser el siguiente: tómate unos minutos al día para recordar una situación reciente en la que te sentiste “que no eras suficiente” o algo que no has podido lograr. Escribe o di en voz baja qué pensamientos pasaron por tu cabeza, sin juzgarte. Identifica estos pensamientos automáticos que te limitan. Nombrarlos es el primer paso a transformarlos.
  • Cambia el “no puedo” por “decido no hacerlo". Así recuperamos nuestra capacidad de elección.
  • Ante cada queja, intenta dar un pequeño paso hacia la acción. 
  • Diferencia aquello que depende de ti y aquello que no, y actúa sobre aquello que sí puedes cambiar.
  • Ponle STOP a los pensamientos negativos que identifiques sobre tu mismo/a.
    Márcate objetivos realistas donde el foco no sea la perfección, sino avanzar en lo que deseas y te propones: un “quiero + objetivo”.
  • Cumplir lo que prometes. Desde descansar cuando lo necesitas hasta terminar algo pequeño que te dijiste a ti mismo/a qué harías. No importa si es algo simple como levantarte a la hora que te dijiste o hidratarte más. Cumplir contigo genera confianza interna.
  • Practica el autocuidado sin sentir culpa. Comer bien, descansar o hacer pausas no son premios: son necesidades básicas.
  • Baja el piloto automático; dedica tiempo a realizar respiraciones, meditaciones o simplemente a tener momentos que te conecten contigo misma/o. Escuchar tu cuerpo cuando pide pausa es también una forma de mejorar tu autoestima. No siempre tienes que ir de prisa.
  • Aprende a ver los errores como forma de aprendizaje.  Acepta que equivocarte no te resta valor, no significa que seas menos, solo estas aprendiendo algo nuevo.
  • Reconoce tus avances, no solo tus errores. Celebrar lo que si haces bien construye seguridad interna. Antes de dormir, nombra tres cosas que hiciste bien, por pequeñas que parezcan. Esto entrena a tu mente para reconocer los progresos y no solo los fallos.
  • Atrévete a probar cosas nuevas.
  • Incorpora ejercicio físico como una forma de desconexión y bienestar.
  • Establece límites; date permiso para expresar lo que te parece bien y lo que no. Puedes empezar practicando contigo mismo y poco a poco.
  • Pásatelo bien, disfruta. Pon atención en aquellos momentos en los que estés disfrutando o pasando un momento agradable.
  • Acepta halagos sin rechazarlos. No minimices o sientas que las personas están equivocadas cuando dicen algo bueno sobre ti. Cuando alguien reconoce algo bueno en ti, practícalo: respira, sonríe y di “gracias”. No necesitas justificarlo ni restarle valor.
  • Reserva tiempo para el descanso y la desconexión.
  • Mantén contacto con aquellas personas que sean importantes para ti. Rodéate de personas que te hablen con cariño y no con juicio. Tu entorno también influye en como aprendes a verte.
Foto de Cristina Pérez
Firmado por Cristina Pérez Psicóloga general sanitaria