“Para transformar emociones dolorosas hay que sentirlas.” — Leslie S. Greenberg
¿Qué es el estrés?
El estrés no es, en origen, un problema, es un mecanismo de adaptación: ante una exigencia importante, el organismo se activa (sube la atención, moviliza energía y prioriza recursos) para responder. Gracias a él afrontamos una entrega difícil o una temporada de más carga de trabajo.
¿Cuándo el estrés se convierte en estrés laboral?
La dificultad aparece cuando esa alarma deja de apagarse y la activación se convierte en nuestro estado de fondo. Entonces hablamos de estrés laboral: un desequilibrio sostenido entre lo que el trabajo nos pide y los recursos de los que disponemos para responder. Cuenta tanto lo que objetivamente tenemos como lo que creemos tener: dos personas con la misma carga pueden vivirla de forma muy distinta.
¿Cómo influyen las condiciones de trabajo en el estrés laboral?
Antes de asomarnos al interior, conviene mirar alrededor, ya que es posible tender a nombrar el estrés como un asunto privado de gestión emocional, cuando existe una parte contextual de este desgaste. La sensación de mucha exigencia, poco margen puede explicarse desde la confirmación de que no es lo mismo tener mucho trabajo que tenerlo sin capacidad de decidir cómo, cuándo y en qué orden hacerlo. Quien puede organizar su propia tarea sostiene volúmenes altos mucho más tiempo que quien solo ejecuta decisiones ajenas. La falta de margen desgasta de forma particular, porque puede añadir impotencia al cansancio.
Cuando no vemos una salida: el estrés laboral como sensación de encierro
Hay un factor que rara vez se nombra y que cambia por completo la vivencia del estrés: la sensación de no poder marcharse, la puerta que no se abre. Un sector estrecho, compromisos económicos, edad, situaciones familiares… Cuando existe una salida de una situación laboral imaginable, la exigencia se vive como algo transitorio. Cuando no la hay, puede vivirse como encierro: ya no es cansancio, es cansancio sin horizonte visible. Y es el factor que con más frecuencia se transforma en autorreproche, porque quien no puede irse acaba concluyendo que le falta valentía o talento, cuando lo que tiene delante es una puerta objetivamente cerrada.
La cultura del esfuerzo y su relación con el estrés laboral
Vivimos rodeados de un relato acerca de la cultura del esfuerzo y del mérito, que sostiene que quien se esfuerza llega y que los resultados reflejan lo que cada uno vale. Es atractivo, porque promete control: si depende de mí, puedo hacer algo. Pero tiene una relación y consecuencia poco visible en la que cada obstáculo deja de leerse como lo que suele ser —una combinación de condiciones, contexto y azar— y pasa a leerse como un veredicto sobre uno mismo. A ello se suma la idealización del esfuerzo permanente: descansar como algo que hay que merecer, la agenda llena como señal de valía.
¿Cómo el estrés laboral externo se convierte en presión interna?
Una cultura que atribuye los resultados al mérito individual no siempre se queda en el discurso: se convierte en criterio de autoevaluación. La persona no solo trabaja bajo presión, sino que puede interpretar su propio malestar como prueba de que no está a la altura. Si el marco teórico dice que quien puede llega, se corre el riesgo de que no poder solo admita una lectura.
Ese es el momento en que un factor externo deja de serlo. La exigencia organizativa se transforma en exigencia interna y ya no necesita a nadie que la sostenga desde fuera: seguimos aplicándola por nuestra cuenta, también los fines de semana, también si cambiamos de empresa.
¿Cómo se manifiesta el estrés?
El desgaste sostenido se manifiesta en varios terrenos a la vez:
Emocional
- irritabilidad
- ansiedad
- desánimo
- pérdida de ilusión
- culpa al desconectar
- miedo o el agotamiento disfrazado de enfado
Físico
- tensión muscular
- dolores de cabeza
- alteraciones del sueño
- un cansancio que no cede con el descanso
Cognitivo
- dificultad para concentrarse
- pensamientos que vuelven al trabajo fuera del horario
- sensación permanente de ir por detrás
Conducta
- alargar la jornada
- revisar una y otra vez lo ya hecho
- evitar exponerse
- abandonar actividades que antes cuidaban
La terapia focalizada en la emoción y el papel de las emociones
Greenberg desde la Terapia Focalizada en la Emoción parte de una idea sencilla y transformadora: las emociones no son el problema que hay que eliminar, sino información valiosa sobre lo que nos importa y lo que necesitamos. Desde esta perspectiva, el estrés sostenido casi nunca es solo cansancio acumulado. Uno de los procesos más desgastantes que observamos en consulta es la autocrítica: no referido a valorar nuestro desempeño, eso puede ser útil, sino una voz interna que opera con dureza desproporcionada y no distingue entre cometer un error y ser un error.
Autocrítica y estrés laboral: cuando la exigencia se vuelve interna
Greenberg lo describe como cambiar la emoción con la emoción: una parte que exige, compara y juzga, frente a otra que siente, se agota y necesita descanso. Bajo estrés se convierte en un bucle: cuanto más desbordados estamos, más aprieta el crítico; y cuanto más aprieta, menos recursos quedan para responder a la exigencia real. Esa voz rara vez nace de la nada: suele ser el eco de mensajes recibidos —en casa, en la escuela, en el propio entorno laboral— sobre lo que había que conseguir para tener valor. Muchas personas descubren que su jefe más severo no está en la oficina.
Cómo afecta la autocrítica a la gestión de las emociones
La autocrítica suele venir acompañada de la capacidad aprendida de interrumpir la emoción justo antes de que aparezca: no pedir ayuda, aunque la necesitemos, sonreír en la reunión mientras por dentro algo se derrumba, decir "no pasa nada" cuando sí pasa. Es comprensible, porque en muchos entornos mostrar vulnerabilidad tiene un coste real. Pero lo que no es expresado no desaparece; se acumula y termina apareciendo por otra vía, normalmente la del cuerpo.
Estrés laboral y síndrome del impostor
Muchas personas con estrés laboral describen la sensación persistente de no merecer su puesto y de que alguien acabará descubriéndolo. Fue Clance quien describió este fenómeno al observar a personas de alto rendimiento que, pese a logros objetivos, seguían convencidas de haber engañado a quienes confiaban en ellas. Este fenómeno se conoce como fenómeno del impostor o síndrome del impostor. Clance e Imes lo describieron inicialmente en 1978, y posteriormente se han desarrollado diferentes instrumentos para estudiarlo. Su rasgo más llamativo es que los logros no lo desmienten: cada éxito se reinterpreta como una prueba superada por poco, y por tanto como un motivo más para temer la siguiente.
La vergüenza como emoción detrás de la sensación de no ser suficiente
Lo que sostiene esta experiencia desde una lectura basada en la Terapia Focalizada en la Emoción de Greenberg, no es una creencia equivocada, sino una emoción: una vergüenza desadaptativa formada mucho antes del trabajo actual, en contextos donde el valor personal dependía del rendimiento, donde equivocarse tuvo consecuencias afectivas, o donde el afecto había que ganárselo. Esto explica por qué razonar no funciona. Podemos repasar el currículum y escuchar el reconocimiento de otros y nada cambia, porque el problema no está en el nivel en el que argumentamos ni en el discurso o dialéctica racional. No estamos evaluando mal nuestras competencias: estamos sintiendo algo antiguo cada vez que nos exponemos.
Vergüenza, autoestima y comparación con los demás
La vergüenza se define conceptualmente como una de las emociones más dolorosas del ser humano, caracterizada por un sentimiento colapsante de ineficacia, falta de valía y desprecio hacia uno/a mismo/a. Las redes profesionales mantienen esa mirada encendida de forma permanente. Y hay una asimetría de fondo: comparamos nuestra experiencia interna completa, con todas sus dudas, contra la versión pública y editada de los demás.
Cómo influye LinkedIn en la comparación social y el perfeccionismo
No son pocas las investigaciones en los últimos años que examinan la comparación social ascendente y las respuestas emocionales como la vergüenza en las redes sociales recreativas, pero ¿las redes profesionales favorecen la comparación de la experiencia interna completa, con todas sus dudas, contra la versión pública y editada de los demás? Un estudio experimental reciente repartió al azar a unos participantes a navegar diez minutos por su propio LinkedIn y a otros a leer artículos neutros. Los primeros refirieron después niveles significativamente mayores de envidia y de vergüenza. Y el efecto apenas apareció en personas con bajo perfeccionismo, pero creció con claridad conforme este aumentaba: la comparación golpea con más fuerza justamente a quien ya convive con un crítico interno exigente. El estudio, publicado en Current Psychology en 2026, analizó específicamente el efecto del uso de LinkedIn sobre la envidia, la vergüenza y el perfeccionismo. Los participantes que navegaron por LinkedIn durante diez minutos mostraron mayores niveles de estas emociones que el grupo de control, y el efecto fue más marcado entre quienes presentaban mayores niveles de perfeccionismo.
¿Cómo empezar a tratar el estrés?
- Distinguir qué parte del peso viene de fuera y cuál llevábamos puesta, para dejar de responder con autoexigencia a un problema de condiciones.
- Afinar el nombre de lo que sentimos, más allá del global "estoy estresado": ¿Es miedo? ¿Agotamiento? ¿Rabia por algo injusto? ¿Vergüenza?
- Atender a las señales del cuerpo: la tensión antes de una reunión, el nudo al abrir el correo, el peso de los domingos por la tarde.
- Identificar la voz del crítico y distinguirla de la nuestra.
- Revisar el relato del esfuerzo heredado. ¿Descansar hay que merecerlo? ¿Pedir ayuda resta valor? ¿Estas ideas rara vez se eligieron o se absorbieron?
Ayuda psicológica para el estrés
A veces el estrés se vuelve tan intenso o prolongado que merece la pena no atravesarlo ensolitario : cuando el malestar persiste también en periodos de descanso, cuando aparecen síntomas físicos mantenidos —especialmente del sueño—, cuando la autocrítica es constante y desproporcionada, o cuando la sensación de no merecer lo conseguido empieza a condicionar nuestras decisiones profesionales. En estos momentos, poder contar con un espacio donde explorar y acceder a la emoción presente —la vergüenza, el miedo al rechazo o la rabia legítima nunca expresada— en un contexto seguro, y transformarla desde ahí.
Cambiar la forma de tratarnos: estrés laboral vs. autoexigencia
Conviene sostener 2 ideas a la vez. Hay condiciones laborales que deben cambiar, y ninguna cantidad de trabajo personal las sustituye. Al mismo tiempo, mientras no cambian, hay una diferencia enorme entre atravesarlas acompañados de una voz que nos machaca o de una que reconoce lo que sentimos y lo que estamos sosteniendo. Quizá las mejores preguntas no estén dirigidas hacia cómo gestiono mejor mi tiempo, sino otras menos organizativas: ¿cómo me hablo a mí mismo mientras trabajo?, ¿de quién es realmente la voz que me exige? y ¿qué parte de este peso he asumido como si fuera solo mía?